Published On: Lun, Jun 24th, 2013

La policía turca trata de vencer a los manifestantes por agotamiento

La situación en Turquía ha saltado a la primera plana de la actividad internacional porque todo lo que ocurre en Oriente Próximo transmite una sensación de inminente catástrofe que hace que todos volvamos hacia allí la mirada por si es esta la chispa que hace saltar por los aires el polvorín del Mediterráneo Oriental.

Lo que ha pasado en Turquía ha sido la suma de una cadena de desaciertos en la gestión de la crisis por parte d elas autoridades turcas. Su propia torpeza ha dado lugar a que la tala de unos cuantos árboles se haya convertido en el movimiento social que aglutina a todos los descontentos con el régimen.

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¿Y por qué están descontentos?

Primero hay que entender que Turquía es un país donde el clero musulmán tiene una influencia notable sobre la población pero (al contrario que las repúblicas islamistas) el poder civil se ha mantenido prudentemente separado de la jerarquía religiosa. Sin embargo el actual presidente Recep Tayyip Erdoğan ha dado en el último año un leve giro islamista con medidas impopulares como prohibición de vender bebidas alcohólicas, la intención de prohibir el aborto o la construcción de una mezquita gigante en Estambul.

Así las cosas, los que se han unido a este movimiento de indignados son los jóvenes de clase media occidentalizados, los colectivos gays, los sindicatos, los nacionalistas laicos, los activistas kurdos y todo aquél que tiene una cuenta pendiente con el gobierno de centro derecha de Erdogan, cada vez más atento a las sugerencias de la jerarquías religiosas.

Pero todo esto no tendría por qué haber pasado si las autoridades turcas no hubiesen reaccionado con una violencia excesiva ante la primera manifestación ecologista por la tala de unos árboles en el lugar donde se iba a construir un centro comercial, dando una legitimidad gratuita a los manifestantes y una razón ḿas para acudir a las sucesivas y crecientes manifestaciones que se han ido convocando. El que los manifestantes sean los más occidentalizados y los ás habituados al uso de las redes sociales ha dado lugar a que el propio presidente Erdogan haya calificado a Twitter como herramienta del mal.

Pese a todo, el que esta manifestación no responde a un sentir mayoritario de la sociedad turca se refleja en que, una vez que todos los colectivos antes citados ya han hecho suya la protesta, la población se ha mantenido al margen. El Gobierno lo sabe; sabe que puede vencer por agotamiento a los manifestantes y no ha dudado en usar la fuerza para reprimir y a los manifestantes y detener casi a dos mil de ellos. Al final, lo más probable es que venzan por agotamiento.



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