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Published On: Jue, Ago 13th, 2015

Un caso real: por qué un refugiado se arriesga a ir a Europa

SHOUEIFAT, Líbano, 21 de julio de 2015 (ACNUR/UNHCR) – En la sala de estar de su apartamento despojado de muebles, cinco maletas llenas yacen cuidadosamente en el suelo. Tras cuatro años agotadores viviendo en el Líbano como refugiada, Hanan* ha tomado la decisión de marcharse, cueste lo que le cueste.

Iré a cualquier lugar: Italia, Grecia, no me importa. He tocado fondo”, aseguró.

Hanan acaba de reservar cuatro billetes de avión para Turquía. Para ello, tuvo que vender las últimas joyas que le quedaban. “Mi plan es ponerme en contacto allí con un traficante que pueda meternos a mis tres hijos y a mí en un barco con destino a Europa… Llevo tres noches sin dormir”, confiesa. Tras una pausa, mira pensativa: “No paro de darle vueltas en mi cabeza, calculando, recalculando”.

Foto- ©ACNUR- Hanan, antes de marcharse del Líbano, reflexiona sobre lo que el futuro puede depararle.

Foto- ©ACNUR- Hanan, antes de marcharse del Líbano, reflexiona sobre lo que el futuro puede depararle.

Hanan es arquitecta. Cuando vivía en Siria, restauraba y vendía casas antiguas en su ciudad natal y los alrededores. Tenía una buena vida con su esposo y sus hijos a las afueras de Damasco. La familia pasaba los veranos en su casa de vacaciones en Bloudan, un antiguo destino de vacaciones para la clase media de Siria.

Su marido era el propietario y director ejecutivo de una de las mayores fábricas de ambientadores de Siria, una empresa con 200 empleados.

Hanan abre un maletín de cuero y lo coloca con cuidado sobre su regazo. “Esto es todo lo que queda de la fábrica”, afirma mientras muestra un viejo ambientador gastado, una bolsa de algodón con la marca de los productos y dos velas perfumadas.

“Mis hijos querían tirarlos a la basura, pero eso habría vuelto completamente loco a su padre y yo no podía permitírselo”.

Su marido se encuentra actualmente en Suecia. Huyó allí en 2014 pensando que, finalmente, podría traer a su familia. Desde entonces, ha estado en lista de espera en un centro de acogida situado en la frontera sueca.

“Él amaba la vida y amaba a la gente”, dice Hanan conmovida; “Ahora, se ha rendido completamente. Simplemente, no puede aceptar nuestra nueva realidad”.

A su llegada al Líbano en 2012, Hanan le contó su historia a un libanés: “se le caían las lágrimas mientras yo, sentada allí impotente, con mi marido y mis hijos, le contábamos que ni siquiera habíamos podido traer nuestra ropa”.

Durante casi dos años, aquel hombre les acogió en su apartamento en Bechamoun, un suburbio situado en la zona sur de Beirut. “Nos compró un calefactor, una lavadora, e incluso nos dio 200 dólares”, recuerda. “Empecé a recibir cosas de vecinos generosos; el conserje me dio una estera y el vecino de al lado un par de sillas”.

Pero esta situación llegó a su fin en 2014. “El hombre necesitaba el apartamento para su propia familia”, explica.

Hanan, finalmente, tuvo que realizar cuatro trabajos a la vez para tratar de pagar el alquiler de la nueva vivienda a la que se mudó con sus hijos. Limpiaba, daba clases de cocina, realizaba de secretaria y trabajaba como voluntaria para ayudar a otros refugiados, pero aun así, apenas llegaba a fin de mes.

“Al principio me daba vergüenza trabajar limpiando o hacer cualquier otro trabajo que no habría considerado hace sólo unos años, pero no puedo comparar mi situación actual con mi vida anterior. El bienestar de mis hijos es mi prioridad”.

Al igual que cientos de miles de profesionales sirios, Hanan no podía ejercer su profesión en el Líbano. Sin embargo, sí consiguió negociar la matriculación gratuita de sus hijos en una escuela cercana. “Este año les fue tan bien, que no tuvieron que hacer los exámenes finales. Mi hijo mayor sacó todo con sobresalientes”, dice con orgullo.

Pero como la capacidad de matriculación de la escuela se había visto superada, empezaron a pedir las tasas de la matrícula. “Simplemente no podía permitírmelo, ya que apenas podía pagar el alquiler con mis cuatro trabajos y, con las reducciones de la ayuda alimentaria, a menudo me veía obligada a decirles a mis hijos que de cena sólo había pan y aceitunas”, sonríe, “¿te lo puedes imaginar?”.

Hanan me cuenta que su permiso de residencia ha caducado y ha decidido no renovarlo. “Me es imposible pagar los 200 dólares que cuesta el permiso”. Al igual que la mayoría de los refugiados sirios en el Líbano, no puede permitírselo.

“¿Qué harías tú si estuvieras en mi lugar? Cuento las horas que faltan para irnos”, dice mientras enciende un cigarro. “Todo lo que nos queda son hermosos recuerdos de rosas y cerezos”, asegura.

Actualmente, ya no podemos localizar a Hanan por teléfono.

*Se ha cambiado el nombre por razones de protección.

Por Dana Sleiman, en el Líbano.

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