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Aire de Berlín


No sé si los niños del tercer milenio perciben el paso de sus veranos de la misma manera que los adultos de hoy percibíamos los veranos de nuestras infancias, embarcadas para siempre en un milenio ya clausurado. Me refiero a esa sensación de tiempo perezoso y condensado, de inmensidad estival. Junio estaba tan lejos de octubre como Africa de América. Los días eran caudalosos, interminables. Cada tarde duraba lo ahora nos dura una semana. La hora de la siesta era ancha como el Sáhara, y cada noche daba tiempo a ir y volver de la luna. No sé si los veranos de los niños siguen siendo tan elásticos o si se han encogido, si las sofisticadas diversiones han abolido aquella percepción del tiempo como un tesoro tedioso. Aquel tedio era pura opulencia: el contraste posterior definió sus cualidades. Pero nunca sabremos si aquella amplitud estaba en el tiempo mismo y los minutos eran huecos y largos, o si, por el contrario, los hace así nuestra angustia de hoy, nuestra incapacidad de adultos para apoderarnos del tiempo y desdoblarlo y vivirlo saboreando los minutos como si fueran helados tentadores.

Sólo estoy segura de uno de los mecanismos que estiraba las horas: la lectura, aquella manera libre de leer, multiplicaba la extensión de los veranos. Abrías un tomo de Salgari y pasabas un año navegando por los mares asiáticos; abrías Ana Karenina y te llevaba meses auscultar las angustias de la dama enamorada: se vivía un pequeño invierno en un San Petersburgo privado, aunque tras el balcón chirriaran furiosas las cigarras más meridionales.

Casi nadie recupera casi nunca aquella densidad de los veranos de la infancia; la imaginación vive después, a lo sumo, en una mediocre libertad condicional. Pero una parte del tesoro conserva su fulgor. Los libros te acompañan en los vericuetos, en las curvas cerradas de los años. Los empleados de las empresas de mudanzas te miran despectivamente cuando se amontonan las cajas con volúmenes. –Usted será maestra, ¿no? No saben que en realidad soy propietaria de una agencia de viajes, la dueña y la cliente favorita. Las paredes forradas de libros guardan los billetes de los trenes más lujosos, de los barcos más audaces, de los carruajes más misteriosos. Allí, entre las páginas, ofrecen las reservas para alojarse en submarinos, en tiendas de pieles, en cuevas, en palacios. Nunca viajé tan lejos como cuando me zambullía en ellas a pleno pulmón y a pleno cerebro.

En Berlín venden como recuerdos unas pequeñas latas con "aire de Berlín". Leer es coleccionar el aire, las atmósferas del mundo. ¿Quién asegura que no hemos viajado realmente a las ciudades leídas? Las hemos respirado. En mayo de 1933 ardieron en la plaza de la Ópera de Berlín, muy cerca de Unter den Linden, más de 25000 volúmenes que desagradaban al régimen nazi. Hoy, un desolador monumento lo recuerda: un panel traslúcido en el pavimento deja ver unas estanterías vacías, y en una placa se leen las palabras dolorosamente proféticas del poeta Heinrich Heine, escritas en 1820: "Allí donde ardan los libros, acabará por arder el pueblo".

En un sentido menos trágico, pienso en la combustión del tiempo de nuestras vidas. Los libros son refugios donde el tiempo detiene sus llamaradas, donde estamos a salvo de la quema de horas del reloj y de los incendios de los calendarios.

Aurora Luque

 
Aurora Luque es escritora, con varios libros y cientos de artículos y colaboraciones publicadas. Es columnista del Diario Sur de Málaga (España) y profesora de Griego. Si quiere saber más sobre esta escritora pinche aquí.

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