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Bush II, el perplejo

Desde luego, el presidente Bush no me cae simpático. No es por esa mirada torva con la que lanza sus amenazas contra quien rompa el orden del Imperio. Tampoco es por la antipatía que normalmente siento hacia quienes llegan a algo a base de dinero y nombre, sin hacerse valer por lo que realmente son. Ni siquiera creo que sea por la torpeza con que parece desenvolverse una vez que sale de entre las dos costas.

Pero independientemente de la simpatía o antipatía que se le tenga, el César del siglo XXI parece no entender nada de los mecanismos que hacen funcionar el mundo cuando ese mundo no ve los live-shows de prime-time o le importa tres pepinos lo que diga la CNN o el resultado de la superbowl.

Andaba Bush predicando la guerra antiterrorista (escoltado a derecha e izquierda por Sharon y Tini Blair y seguido por varios acólitos menores -con bigote algunos de ellos, mire usté-) basándose en que Irak podía según algunas hipótesis estar desarrollando programas de armamento que en determinadas circunstancias le permitirían en algunos años llegar a tener armas nucleares, cuando de repente aparece Corea del Norte y dice que abandona el Tratado de No Proliferación Nuclear y echa a los inspectores de la Agencia Internacional de la Energía Atómica con dos patadas en el trasero. Si Bush se creyera sus propias palabras, se supone que eso debería haber desencadenado una ofensiva militar inmediata y contundente contra los últimos estalinistas del planeta. Pero no, ahora aparece la vía diplomática y ahora es cuando aparecen las dudas. Veamos, con este panorama, la guerra contra Irak es
a) una tapadera para hacerse con los cuatro millones diarios de barriles de petróleo que puede producir el país babilónico
b) un ejercicio táctico inducido por la industria militar norteamericana para dar salida a los stocks de municiones y sustituirlos por nuevo armamento más "inteligente" y muchísimo más caro
c) una vía de escape para tapar los deficientes resultados económicos de Estados Unidos y aumentar su popularidad (así lo hizo su padre Bush I y le salió bien la jugada)

Con este cóctel y una opinión pública sedienta de venganza por el atentado de las Torres Gemelas que da por bueno todo lo que se haga en nombre de la lucha contra el terrorismo, Bush pretende aparecer como un nuevo salvador del mundo occidental y entonces aparece Corea del Norte y le dice que se deje de estupideces, que masacrar unas docenas de palestinos a la semana o pegarle una paliza a un país indefenso como Irak es una cosa y las guerras en serio son otra y Bush se queda perplejo, sorprendido por que a los argentinos les importe más el peso que Sadam Hussein, a los italianos la Fiat que se les hunde y a cada cual lo suyo. Así que ha decidido tomar las riendas y liarse a palos con uno flojito para que no haya mucha sangre yanqui, a ver si los demás entendemos la lección.

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