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Una insistente brote de egoísmo infantil parece aquejar a nuestra vieja Europa. Como las olas del mar, crece, estalla, merma y vuelve a crecer. Como cuando, siendo niños, aprendemos el significado de la palabra "mío" y comenzamos a aferrarnos a "nuestros" juguetes, cuidándonos mucho de prestárselos al hermanito o al amiguito. No importa que se vuelva aburrido no jugar con nadie: el poder de marcar lo "mío" es más fuerte que toda perspectiva de diversión que pudiera obtenerse al compartir.
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Hace unos pocos años nos sorprendió un político italiano con la brillante idea de separar el norte de aquel país y fundar la "República de Padania". ¿Os suena grotesco? ¿Os hace sonreír? Pues entonces, creo que deberíamos sonreír con la última polémica desatada en nuestro país (¿o debemos empezar a llamarlo "asociación de países"?) sobre lo acertado o no de incluir un distintivo en las placas de los automóviles que permita distinguir a qué región o comunidad (¿o deberíamos decir "nueva nación"?) pertenece, no vaya a ser que confundamos un coche catalán con uno andaluz, ¡Dios nos libre! Y tal vez sería mejor sonreír (por no llorar) ante las declaraciones del presidente alemán, quien considera que deberían volver a separarse Alemania Occidental y Alemania Oriental... ¡después del trabajo que costó derribar el muro! Y si pensamos en los "divorcios" acaecidos antes y durante estos acontecimientos (la separación o re-división de la ex-Yugoslavia, de la ex-URSS...de la ex-...) no sé si nos quedarán sonrisas en la cara.
Hace unos días tocábamos el tema cuando hablábamos de la polémica por el reconocimiento de las lenguas regionales ante la U.E. (cada vez más lenguas regionales, a propósito). En esa oportunidad reflexionábamos sobre la necesidad imperiosa de unirse en este mundo en el que sólo la cooperación y el espíritu de comunidad nos permitirá seguir avanzando. Creo que no deberíamos perder de vista esta idea. Según muestra el rumbo que toman las cosas, el aislamiento, el individualismo exagerado, el egoísmo mal enfocado, sólo pueden llevar a nuestra sociedad a una ruptura con graves consecuencias. Aquel viejo refrán que dice "la unión hace la fuerza" no es una simple frase hecha. Es una enseñanza que, no por despreciada durante siglos, es menos valiosa. Si pudiéramos poner en práctica el término colaboración, si en vez de buscarnos las diferencias fanáticamente asumiéramos por fin nuestra condición básica de humanos, empezaríamos a lucir menos ridículos.
Sin embargo, más y más niños-grandes aprenden la palabra "mío" y se encaprichan de no prestar sus juguetes, de poner límites a sus territorios cada vez más pequeños y más apartados, aunque el resultado final sea una soledad que conduce al perpetuo aburrimiento.
Inés Álvarez
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