Juventud, divino tesoro

Un mendigo es quemado vivo por dos adolescentes en plena calle. Un menor se suicida porque no puede soportar la discriminación de sus compañeros de colegio. Los estudiantes sudamericanos de otro establecimiento educacional revelan episodios de xenofobia originados por alumnos españoles. Profesores de distintos institutos denuncian malos tratos por parte de alumnos. Parece que muchos de nuestros jóvenes no respetan la vejez ni la pobreza; rechazan toda figura de autoridad; no soportan lo diferente. La pregunta es si estos jóvenes no inspiran su ideología en el modelo de los adultos que les rodean.

Hace mucho que en nuestra sociedad está prohibido envejecer. La edad es un insulto que se debe evitar a toda costa. De ahí la proliferación de operaciones de cirugía estética, productos dietéticos, gimnasios y tratamientos varios que prometen salvarnos de la lacra de la edad. Los medios y las calles nos muestran los rostros del éxito: labios abultados, ojos estirados, rostros que hasta pueden considerarse deformes... pero jóvenes, siempre jóvenes. La juventud y sus caprichos gobiernan. Los adolescentes se sienten monarcas de este mundo. Los adultos les rinden pleitesía y se ponen a su disposición. Ni siquiera se usa la palabra "viejo" para designar a una persona vieja. Se la reemplaza por toda clase de eufemismos que pretenden encubrir una de las más dignas e inexorables realidades de la vida.

Si la edad es una ofensa, la autoridad, que a veces está relacionada con ella, es una extravagancia. Casi nadie está dispuesto a ponerse bajo el mando de otro, ni reconocer que otro pueda ejercer una autoridad bien ganada por los años de experiencia, las enseñanzas de la vida o el saber. Lo vemos en los lugares de trabajo, en las oficinas públicas, en los organismos de gobierno. En nuestro mundo adulto, racional y progresista, se ataca por sistema a aquellos que han logrado un lugar de autoridad.

Si hablamos de diferencias físicas, bien sabido es que históricamente la picardía popular ha hecho blanco en aquellos que "no dan la talla", es decir, aquellos que muestran alguna característica física que no coincide con el modelo aprobado. Y este tipo de discriminación no es exclusiva de los jóvenes; que gentes de todas las edades, en todos los tiempos, se han ensañado con el que es "distinto".

Dentro del tema de lo distinto, finalmente llegamos a las diferencias étnicas. No es novedad que en la mayoría de las sociedades occidentales el extranjero sea el enemigo. Si se comete un delito, el extranjero es el primer sospechoso; si se habla de conductas sociales negativas, el extranjero es el que peor las manifiesta. El que viene de afuera siempre carga con el muerto. Con una especie de pueril paranoia, lo que viene de "afuera" es inmediatamente punible para la sociedad en la que trata de insertarse.

Y por último, la pobreza. La pobreza es una de las enfermedades infecciosas a las que nuestros adultos del primer mundo más temen. Pero no ya la verdadera pobreza, esa que no les permite comer: para la mayoría, pobreza es todo estado que les impida comprarse un piso (o dos), tener más de un coche o cambiarlo cada año, y vestirse y calzarse al último grito de la moda (que nunca deja de gritar).

Si todos estos factores se entremezclan en el mundo de los adultos de tal manera que forman una red de superficialidad, discriminación, infundados temores, desconfianzas, odios, qué no será en el mundo de los jóvenes, que absorben como esponjas el ejemplo y las imágenes que los mayores les proporcionan. Los adolescentes están formando su personalidad. Ellos necesitan guías de conducta, modelos de pertencia. Y los toman de su entorno inmediato: los padres, en principio. Cuando los modelos que "los grandes" les ofrecen son los del culto al capricho infantil, la falta de respeto y la discriminación en todas sus formas, no es extraño que los más chicos procedan en consecuencia. Si hay alguna solución a estos problemas, deberá comenzar por la reflexión y la educación. No sólo de la juventud. Antes bien de los adultos, que, según se ve, tienen mucho, muchísimo que aprender.

                                                                                                    Inés Álvarez
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