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Pare, qu'el riu ja no est el riu... (padre, que el río ya no es el río), cantaba Serrat hace treinta años. La canción nos hacía palpar su desolación ante la naturaleza destruida en pro del desarrollo industrial. Qué pensarás ahora, Nano, ahora que tantos otros ríos y bosques están muriendo ante la mirada indiferente de los generadores de progreso.
Los últimos informes de distintas organizaciones ecologistas indican que Europa es una de las principales causantes de los cambios climáticos mundiales. Claro que no es la única, pues todos los países altamente industrializados tanto de América como de Asia, han contribuido durante décadas a producir los enormes daños que hoy sufren el Amazonas y la capa de ozono, entre otros. Daños que, desgraciadamente, pueden ser irreversibles.
Y, ciertamente, no parece fácil solucionar el problema de la contaminación, ya que el desarrollo industrial significa trabajo, y el trabajo, sostén para millones de familias en el mundo. Sin embargo, es muy probable que los residuos tóxicos pudieran reducirse considerablemente si las empresas actuaran con un mínimo de conciencia medioambiental, evitando los vertidos indiscriminados.
Hemos leído noticias más que alarmantes en los últimos días: en Tarragona, los residuos arrojados al Ebro por Ercros durante tres años: mercurio, uranio, radio, DDT..., o las supuestamente "inocuas" averías en la central nuclear; en Guipúzcoa, los ácidos derramados en el río Narrondo por Galvanizados Olaizola; en Beijing, China, una presa hidroeléctrica sobre el Yang-Tsé que, de avanzar en su construcción, arrasará con el ecosistema del Cañón del Salto del Tigre. Resultados: aguas envenenadas, miles de peces muertos, vegetación y especies animales en peligro, y las graves enfermedades que, sin causa aparente, se declaran entre los pobladores de estas regiones.
Los perjuicios se extienden, y parece que también la sordera de quienes los ocasionan. Hay que buscar las vías para que esas grandes corporaciones que erosionan el ecosistema se den cuenta de lo que significa la destrucción de la Tierra. Ya no les pedimos que piensen en las maravillas naturales que se desvanecen, o en los miles de millones de personas que la habitan. Que piensen en ellos mismos; que sean aún más egoístas. Necesitan darse cuenta de que todo su dinero no les vale para comprarse un planeta nuevo. Sobre todo, porque no se ha descubierto aún ningún otro donde poder vivir.
Inés Álvarez
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