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Día de descanso

Ayer tuve el día libre. Dada mi pasión por Morfeo, había planeado dormir al menos hasta las once. Buen plan, pero no contaba con que mi entorno es unidireccional y no reconoce alternativas. Si no vas con la mayoría, debes esperar lo peor.

Episodio uno. Mi vecino de arriba comenzó a las dos y media de la madrugada una actividad que no sé si sería práctica de baile flamenco o de claqué, pero lo cierto es que taconeó sin cesar hasta las tres y media. No tuve fuerzas para subir a develar el misterio y me consolé pensando que, de todos modos, yo había decidido dormir hasta las once.

Episodio dos. A las tres y media, luego de que mi vecino acabara su lección de danza, el camión de la basura se instaló frente a mi puerta y me brindó un concierto que sin duda era muestra de la música que se oye en el averno. Una media hora duró la versión demoníaca de Cavalleria Rusticana, luego de la cual, con lágrimas en los ojos aunque no de emoción, me dije: no pasa nada. Igual, dormiré hasta las once, o hasta las doce si se me antoja, que para eso es mi día libre. Por fin, cuando ya el reloj marcaba las cuatro y media de la madrugada, conseguí sumergirme en el país de los sueños.

Episodio tres. A las ocho menos cuarto, con los primeros resplandores de la mañana fría, un estruendo indescriptible atacó mis tímpanos y me hizo abrir los ojos como platos. Los trabajadores que están reconstruyendo la casa de al lado habían puesto en marcha sus taladros vengadores. Siguió lo que parecía una pulidora de baldosas que aulló sin parar hasta las diez y media. Haciendo caso omiso a la jaqueca que ya estaba fijando domicilio en mi cerebro, me refugié en la idea de permanecer en la cama hasta las doce. Pero era el día en que la señora de la limpieza hace su tarea en mi edificio, tarea que indefectiblemente matiza con salvajes portazos, caída de escobas y cubos desde el tope de las escaleras, y sus conversaciones telefónicas a voz en cuello, capaces de despertar a un oso en mitad de su hibernación.

Epílogo. Me levanté. Me preparé un café. No sé por qué sentía tanto odio. Sabía que no tenía razón: después de todo, eran las once en punto, la hora en que había decidido levantarme en mi día de fiesta para aprovechar mi derecho al descanso.

                                                                                                    Inés Álvarez

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