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Visto y no visto


La trama que envuelve las elecciones presidenciales de Ucrania reviste aspectos tragicómicos que podríamos considerar más propios del cine que de la política. ¿O es la política la que ha dado tanto material al cine? Más allá de las especulaciones, algunos puntos de esta historia me suenan como un déjà vu. ¿A qué me recuerda el comportamiento de los dos opositores políticos ucranianos?

Hagamos un repaso: en Ucrania gobernaba hasta noviembre un señor llamado Víctor Yanukovitch, pro-ruso sin disimulos. El 21 de ese mes se llevaron a cabo elecciones generales. Yanukovitch fue declarado vencedor, pero se desató el escándalo al probar el Tribunal Supremo que se había cometido fraude masivo. Apoyado por las denuncias de la oposición, encabezada por Boris Yúschenko, se invalidó el escrutinio.

Se decidió realizar una segunda vuelta electoral, con el amigo Yúschenko como favorito indiscutible de los ucranianos, y Yanukovitch ladrando de rabia. Todos sabemos lo que le pasó al pobre Yúschenko por dejar al descubierto los tejemanejes del poder vigente: los buenos camaradas del servicio secreto le dieron a probar unos manjares que casi lo mandan al otro barrio.

Gracias al tesón de unos carísimos médicos vieneses, Boris salvó el pellejo y ganó las elecciones en Ucrania. Pero... oh, sorpresa. A mal perdedor, muchas palabras no bastan. El viejo Yanukovitch no iba a soltar el hueso así como así. ¿Qué se le ocurrió para ganar tiempo? ¡Denunciar irregularidades en el proceso electoral! En un alarde de originalidad, ahora don Víctor dice que el candidato ganador no es el ganador porque hubo trampa. Y como le gusta marear, ahora pide una tercera vuelta. No importa que los observadores internacionales atestigüen que las elecciones del 26 cumplieron con las normas democráticas: Yanukovitch es mal perdedor y seguirá chillando aunque haga el ridículo.

No sé qué ocurrirá con este asunto, pero me imagino que Ucrania estrenará presidente de todos modos. Lo que me resulta muy familiar es la forma en que los candidatos electorales se arrojan el pastel a la cara mutuamente. Este cruce de acusaciones, este grotesco intercambio de reproches, este cuento de nunca acabar... me parecen demasiado conocidos. Si les cambiáramos los nombres a los rivales de este cuento, acabaríamos creyendo que Ucrania y España son sinónimos. Javier Solana, alto representante de la U.E., llamó a todos los líderes ucranianos "a trabajar juntos por la prosperidad de su país en buena relación con sus vecinos". Haría muy bien en repetir el mismo consejo a nuestros políticos.                                                                                                     Inés Álvarez

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