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Una historia sencilla


Había sido el peor año en la vida de Panjib. La desgracia se había ensañado con él hasta el desastre. De la noche a la mañana lo había perdido todo: su casa se había quemado, su mujer había muerto, su negocio estaba en la ruina y no sabía cómo se las iba a arreglar para darles de comer a sus hijos. Estaba desesperado.

Uno de esos días, cada vez más frecuentes, en que Panjib pensaba en acabar con su desdichada existencia, oyó que alguien llamaba a su puerta. Era William, uno de los vecinos de su comunidad.

—Oye, Panjib—, le dijo con una sonrisa bonachona, —los otros vecinos y yo queremos hablar contigo. ¿Por qué no subes a casa?

Panjib asintió sin decir palabra. Se sentía tan abatido que ni siquiera tenía fuerzas para responder. Cerró la puerta de su casa semidestruida y subió las escaleras lentamente. William abrió la puerta de su piso y lo invitó a pasar. Panjib se encontró de pronto en medio de una concurrida reunión. Todos los miembros de la comunidad estaban allí, personas que solía cruzar en la puerta del edificio, en las escaleras o los ascensores, pero con los que no tenía estrecha relación. Sin embargo, todos lo estaban esperando: Paco, Johnny, Carlo, Hans, Jean-Pierre, Paulinho, Jörgen... Con gestos amistosos lo invitaron a sentarse.

—Mira, Panjib— empezó William, —los muchachos y yo sabemos lo mal que lo estás pasando. Eres una buena persona y no queremos verte sufrir. Vamos a echarte una mano. Hemos acordado reunir un fondo común para que con ese dinero salgas adelante. No, no digas nada. Tú harías lo mismo por nosotros. ¿Qué decís, amigos?

—¡Claro que sí! — respondieron casi al unísono.

—¡Yo pongo veinte mil! — avanzó Paulinho.

—¡Yo cincuenta mil! — exclamó Jean-Pierre.

—¡Yo, setenta! — gritó Paco.

—¡Yo, cien mil! — afirmó Hans.

—Yo doscientos mil, amigo— añadió William.

—Yo te daré un millón, para que no digan que tu vecino del quinto es un tacaño- saltó Johnny.

—Yo sólo puedo darte diez mil, Panjib, pero te ayudaré a reconstruir tu casa.

Los ojos de Panjib se llenaron de lágrimas. No podía creer lo que estaba ocurriendo. De pronto estaba seguro de que los ángeles eran de carne y hueso. —¡Gracias, amigos míos!- murmuró entre sollozos, —¡Esto es un milagro! ¡Dios os bendiga!- decía mientras los abrazaba y estrechaba sus manos, tembloroso de felicidad.

—Y te daremos mucho tiempo para devolvernos el préstamo- terció Paco.

—¿Préstamo?— Panjib se paró en seco. — Pero... perdonad, amigos, creo que comprendí mal. ¿Es ayuda o un préstamo lo que me estáis ofreciendo?

—Bueno, en tu estado, vecino, es tu salvación— terció William. —Pero comprenderás que nosotros también debemos mirar por nuestro futuro...

—Es que un préstamo de tal naturaleza... ¡no acabaría de pagarlo en toda mi vida!

—No te preocupes, ya te las arreglarás. En principio, podrás pagarnos con mercancías— intervino Carlo.

—¡Pero mi negocio está en la quiebra! — gimió el pobre Panjib.

—Eso se solucionará con nuestro dinero— aportó Paco. —En mi caso, con que te comprometas por escrito a comprar materias primas en mi fábrica, me daré por pagado.

—Lo mismo digo— acotó Jean-Pierre. —Y además podrás prestarnos algunos servicios, con lo que tu deuda se acortará considerablemente...

Panjib sentía que el suelo se hundía bajo sus pies. Un momento antes había vuelto a creer en Dios, y ahora se sentía caer, una vez más, en un amargo abismo sin fondo.

—Vamos, hombre, piensa en tus hijos— casi le ordenó William.

Panjib pensaba en sus hijos. Los imaginaba empeñados para toda su existencia, pagando las deudas que él habría contraído en aquel momento de tremenda necesidad. Los veía trabajando para otros, esclavizando sus horas libres para otros, agachando la cabeza ante otros para pagar un dinero del que esos otros podían prescindir y sin el cual ellos, sus hijos, de seguro morirían. La solidaridad es una bonita palabra cuando la pronuncia quien no la necesita.

—Está bien— aceptó Panjib con amargura. —Trato hecho, dadme el dinero—.

—Ejem... verás... no podemos dártelo todo inmediatamente— se explicó Paulinho.

Los ojos de Panjib se abrían alucinados, sin poder creer lo que estaba ocurriendo.

—¡Pero es ahora cuando lo necesito! ¡Mis hijos no tienen qué comer! ¿Por qué me lo habéis ofrecido si ahora me lo negáis?

—¡Venga, vecino, si queremos ayudarte!— se excusó Carlo. —Sólo que no estamos listos aún. Te daremos mil, y el resto de lo que acordamos ya te lo haremos llegar, con el tiempo...

Sin agregar nada más, con la cabeza gacha, sintiéndose víctima de una burla terrible, Panjib se dirigió hacia la puerta. Al salir, Jörgen le puso una mano en el hombro.

—Los diez mil que te prometí siguen en pie, Panjib— le dijo en voz muy baja. —Y no tienes que devolverme nada. Cuando vayas a empezar las obras en tu casa, cuenta conmigo.

Panjib se retiró pensando en lo curioso de la naturaleza humana. Hubo un tiempo, le habían contado, en que los hombres se ayudaban unos a otros sin esperar nada a cambio. —Ese tiempo debió quedar atrás hace mucho, muchísimo—, pensó Panjib. —Ahora casi nada se hace por amor.

Si esta historia os recuerda remotamente algo que está ocurriendo ahora mismo en el mundo, si el desventurado Panjib se asemeja un poco a los países del sur de Asia y sus vecinos a la comunidad internacional que ofrece "ayudas" y luego pide su devolución a interés anual de por vida... No lo dudéis. Cualquier parecido con la realidad es puramente intencional.

                                                                                                    Inés Álvarez

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