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Published On: Vie, Sep 16th, 2011

Un estudio aboga por la personalización de los tratamientos para el alcoholismo

SINC

El artículo, publicado por la revista científica Current Medical Chemistry, está firmado por David Rodríguez, científico del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular y Rafael Coveñas, del Departamento de Biología Celular y Patología y miembro del Instituto de Neurociencias de Castilla y León (Incyl).

“No hay tratamientos únicos, porque el alcoholismo no es una enfermedad única, sino un conjunto de enfermedades que tienen una incidencia peculiar en cada individuo, de la misma manera que el cáncer no se puede tratar con un solo medicamento”, señala David Rodríguez en declaraciones a DiCYT.

En la actualidad hay aprobados tres compuestos para el tratamiento del alcoholismo con distintos enfoques terapéuticos. Así, naloxona es “un antagonista de los opioides”. Antabus “hace que el individuo que bebe tenga síntomas desagradables, como un aumento de la frecuencia cardiaca o el enrojecimiento, ya que bloquea el metabolismo del etanol. Acamprosato, por su parte, “bloquea la al neurotransmisor conocido como glutamato”.

Sin embargo, “hay muchos estudios que intentan ver otras posibilidades terapéuticas”, indica David Rodríguez. Por eso, “lo que hemos hecho es revisar qué tipo de compuestos se están utilizando en estudios experimentales, qué efectos tienen y qué posibilidades hay de aplicarlos en determinados grupos humanos”. Además, recuerda que “es necesario el abordaje desde otros campos”, como la Psiquiatría o la Psicología para realizar tratamientos adecuados con los pacientes.

“El alcohol afecta a todo el sistema de transmisión cerebral”, es decir, que afecta “a muchos neurotransmisores, pero nosotros nos hemos centrado en los fármacos dirigidos a dos de ellos: los opioides, un grupo de sustancias que tienen capacidad analgésica endógena; y la sustancia P, que es un péptido que produce el cerebro para el control de la analgesia, la ansiedad o el estrés”, explica.

Resultados interesantes

Los tratamientos experimentales, en su mayoría ensayados con ratas y ratones, están proporcionando “resultados muy interesantes”, en los que básicamente se observa el efecto de ciertos compuestos que actúan sobre los receptores de estos neurotransmisores, opioides y sustancia P. Por ejemplo, los antagonistas de los receptores de la sustancia P tienen efectos sobre la ingesta de alcohol, ya que “en ciertos modelos, reducen la cantidad de alcohol que un animal ingiere o evitan su recaída”.

Sin embargo, no hay un tratamiento específico que sirva para todos los individuos. Entre los fármacos que ya se utilizan, la naloxona se presenta efectiva entre el 60 y el 70% de los casos, pero no todos responden igual. “Habrá que diseñar tratamientos personalizados, como ocurre en muchos otros tipos de enfermedades”, observa David Rodríguez.

Las conclusiones del estudio indican que “merece la pena estudiar estos compuestos y sobre todo las poblaciones de individuos a las que se aplican, sus características genéticas, estudiando en ellos estos fármacos que han pasado ya por animales”, indica. El estudio de los grupos de pacientes humanos debería diferenciarse “no sólo por rasgos clínicos y diagnósticos acerca del grado de alcoholismo, sino de tipo molecular y también de personalidad del individuo, sobre cómo reacciona a ansiedad o estrés”, añade.

Patología progresiva

El alcoholismo es una patología progresiva, según los científicos. En primer lugar, el individuo percibe ciertos efectos placenteros, pero “cuanto más alcohol se ingiere, menos efecto placentero tiene”. Técnicamente, los científicos hablan de que el alcohol actúa sobre los circuitos de recompensa del cerebro: “Si bebo alcohol, obtengo una recompensa en forma de placer, pero esto produce lo que se denomina una mala adaptación, porque el cerebro queda atrapado”. En el caso de llegar a la adicción, esto se convierte en una situación crónica y el individuo ya no bebe porque le produce placer, sino para evitar efectos negativos de ansiedad, estrés y displacer de la ausencia de alcohol.

Para estudiar todo esto en modelos animales, se acostumbra a las ratas o ratones a consumir alcohol mezclándolo con bebidas dulces, como también hace el ser humano, aunque en algunos casos, los científicos optan por inyectárselo. Además, existen cepas de ratas seleccionadas que por sí mismas prefieren beber alcohol que agua, tanto ellas como su descendencia, lo cual indica un rasgo genético.



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