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Cómo crear tu propio monstruo

Lukor.com
"Has creado tu propio monstruo, lo sabes", sentenció mi madre con voz agorera. Mi gato rex, Houdini, acababa de meterse bajo mi jersey por tercera vez aquella mañana, dejando escapar un chillido de indignación cuando intenté resistirme.

Houdini sufre de "angustia de separación". Pero en su pequeña mente, separación significa que yo esté lejos de él por apenas dos minutos. O que yo haya cerrado la puerta del lavabo dejándolo fuera. O que no le haya rascado la oreja o frotado la barriga durante siglos (unos diez minutos). Houdini me sigue a todas partes, como el más fiel de los mastines, y reclama mi atención total casi tanto como reclama su próxima comida.

Si todo ésto suena incordioso, no es ni la mitad de malo que cuando el coleguilla se arroja ante mí de un salto y literalmente se arranca mechones de pelo porque no le estoy prestando atención en ese mismo instante. Con Houdini, siempre es más fácil rendirse.

Mi esposo se toma todo el asunto con calma. Mi madre, quien (por suerte para Houdini) sólo nos visita de cuando en cuando, piensa que es la cumbre del absurdo.

Habiendo crecido bajo el mismo techo que mamá, aprendí que los perros y los niños deben obedecer, y los gatos, sencillamente meterse en sus propios asuntos. Adopté con éxito la filosofía de entrenamiento perruno sostenida por mamá. Cleo (nuestra elegante mastín) es una perfecta dama. Es una perra magnífica con el don de la compostura y ni una pizca de cuestionamiento a la autoridad. Cleo nunca se rebajaría a hacer las payasadas que constituyen la especialidad de Houdini. Además, ella es demasiado grande para deslizarse bajo mi jersey.

Entonces, ¿por qué mi gato se comporta como un niño mimado? ¿Por qué cedo ante él? ¿Es porque no tengo hijos? Mamá jura que esos leves chillidos que emite el animal no son propios de un gato. "Te está manipulando", me dice. "Ha aprendido cómo reproducir los sonidos de un bebé".

Tal vez yo sufra de lo que he dado en llamar el "síndrome del perro faldero". Me refiero al modo en que tratamos a las mascotas pequeñas, a las que tendemos a achuchar y mimar, las que resultan fácilmente transportables y lucen adorables con las ropitas que les ponemos. Algunos llamarían a ésto "síndrome del nido vacío".

Sobre mi abuela Rosita y su caniche Cocoa

Cocoa llegó mucho después de que los hijos de Rosita hubieron crecido y dejado el hogar. Rosita solía tejer montones de pequeños jerseys y gorritos para mantener a Cocoa calentita y elegante. Siempre tenía a mano una mezcla de jarabe de cola y Pepto Bismol para aquietar el nervioso estómago de la perrita. Y nunca permitió que el pienso para perros llegara a tocar los labios del animal, así que le cocinaba pollo fresco todas las noches antes de sentarse ella misma a tomar la cena.

Teníamos que deletrear "g-a-ll-e-t-i-t-a" y "P-e-p-t-o B-i-s-m-o-l" si el animal estaba delante, para evitar que se sobreexcitara al comprender las palabras. Y el abuelo Enrique vivía obsesionado con la higiene de Cocoa. Este caniche nunca tuvo los ojos sucios y su culito siempre estuvo inmaculado.

Consideremos que estamos hablando de los años '60, cuando tratar a un perro igual que a un niño no era en absoluto tan común como ahora.

Hoy en día, es algo habitual. El negocio de las mascotas es muy amplio, y gran parte de él cubre nuestros deseos de malcriar a nuestros "niños". De manera que hoy en día crear nuestros propios monstruos es más fácil que nunca. Además de acceder al mínimo capricho de tu perro, puedes cubrirlo de golosinas preparadas por gourmets, vestirlo a la última y ofrecerle un estándar de vida muy por encima del que muchos humanos podrían alcanzar.

Actualmente, la abuela no habría tenido que tejer los jerseys para su perrita, y dispondría de muchísimos medicamentos para calmar la tripita nerviosa de Cocoa. La abuela Rosita no habría necesitado transportar a su bebé cada vez que viajaba. En vez de eso, habría contratado a una niñera para perros profesional, o llevado consigo a Cocoa para alojarla en un cómodo hotel para mascotas. El hotel seguramente habría contado con una tienda de regalos para perros, con montones de juguetes tentadores y deliciosas "g-a-ll-e-t-i-t-a-s". Y Cocoa podría haber ido a todas partes con la abuela en su propia cajita porta-perros hecha a medida, confeccionada probablemente con fino cuero importado o piel de serpiente.

Me pregunto cómo se comportarán los dueños de perros grandes. ¿Hay otros síndromes por allí, por ejemplo, el "síndrome del perro-macho" (cosa de hombres, sin duda)?

La verdad es que todos los perros empiezan siendo diminutos y tiernos. Nadie está completamente a salvo de crear su propio monstruo, grande o pequeño. Así que, gracias a Dios, existen muchos recursos para que cualquiera se convierta en un experto entrenador de perros (o gatos, o loros, o caballos...).

He aprendido mi lección con Houdini: es mucho más fácil enseñarle las reglas a tu mascota desde el comienzo. La educación de un cachorro es mucho más fácil que la de un perro. ¡Y deshacer un monstruo es muchísimo más duro que crear uno!

Pero yo soy débil. Por ahora me resulta mucho más sencillo ceder. Y además, es hora de rascarle la barriguita a Houdini...


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