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Adictos a las quejas |
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Quejarse es una forma de vivir para algunas personas. Por cierto, era la forma de vida de mi madre. No recuerdo haber pasado un solo día sin oírla quejarse, interminablemente. No creo haber oído siquiera una palabra de gratitud de sus labios. Si las cosas iban estupendamente, era igual: ella se las arreglaba para encontrar algo negativo. No importaba cuán perfecta me esforzara por ser (¡y Dios sabe que traté de ser perfecta!), ella siempre veía algo malo en mí, igual que en mi padre.
Después de muchos años de aconsejar a otros, he notado que mucha gente empieza cada sesión de terapia con una queja. Parece que no pueden evitarlo. Igual que mi madre, son adictos a las lamentaciones.
¿Por qué se queja la gente? ¿Qué quieren o qué esperan lograr cuando lo hacen?
Las personas que se quejan son por lo general individuos que no se han tomado el trabajo emocional y espiritual de desarrollar un yo adulto amoroso y compasivo. Como no han aprendido a brindarse ellos mismos la atención y la comprensión que merecen, buscan que otros cubran estas necesidades. Quejarse es el modo que han aprendido para conseguirlo. Usan la queja como instrumento de control, esperando que los demás se sientan culpables si no les brindan la atención, cuidado y compasión que persiguen.
La queja es un "tirón" que se les da a los otros. Energéticamente, los quejosos se han abandonado a sí mismos emocionalmente, por eso empujan a los demás a que se conviertan en sus comprensivos cuidadores. Son demandantes, como niños pequeños. El problema es que la mayoría de la gente detesta que se les fuerce y se les demanden cosas. Casi nadie quiere asumir la responsabilidad emocional de otra persona y se alejará si se ve enfrentado a sus quejas permanentes.
Éso es lo que hizo mi padre. Se alejó, se encerró en sí mismo, se convirtió en alguien emocionalmente inalcanzable para mi madre como forma de protegerse de que ésta lo controlara por medio de sus quejas. Por supuesto, esa no fue su respuesta sólo al comportamiento de mi madre. Cuando niño, él ya había aprendido a retraerse ante las críticas y quejas de su propia madre. Entró al matrimonio listo para encerrarse en sí mismo ante los tironeos de mi madre, mientras que ella entró al matrimonio lisa para hacer a mi padre responsable por ella. ¡Una pareja perfecta!
El retrotraimiento de mi padre, por supuesto, sólo sirvió para exacerbar las quejas de mi madre, quien siempre se lamentaba por la falta de interés de papá hacia ella. Al mismo tiempo, sus quejas sólo servían para aumentar el aislamiento de mi padre. Este círculo vicioso comenzó muy temprano y se extendió, imbatible, durante sus sesenta años de matrimonio, hasta que mamá murió.
Aunque mis padres se amaban, su capacidad de expresar amor quedó sepultada bajo el sistema disfuncional que habían creado. Por desgracia, éste es un rasgo demasiado común en las relaciones afectivas. Una persona tironea (con sus quejas, su ira, sus juicios y otras formas de control) y la otra se retrae: es el sistema de relaciones más frecuente dentro de los que atiendo como profesional.
Una persona adicta a quejarse no será capaz de detenerse hasta que haga el trabajo interior de desarrollar la parte adulta dentro de su ser, capaz de proporcionarle el afecto, la atención, la comprensión y la compasión que necesita. Mientras siga creyendo que es responsabilidad de otro el ser adulto en su lugar y llenarla de amor, no se hará responsable de sí misma.
Nuestro niño interior (la parte afectiva dentro de nosotros) necesita atención, aprobación, cariño. Si no aprendemos a proporcionárnoslos nosotros mismos, entonces este niño herido buscará conseguir de otros lo que necesita o empezará a evadirse aferrándose a sustancias o conductas adictivas (comida, alcohol, drogas, TV, trabajo, juego y cosas por el estilo). Si durante su infancia una persona vio que otras conseguían llamar la atención mediante las quejas, como mi madre lo aprendió de mi abuela, y si la queja le funcionó durante la niñez para conseguir lo que quería, entonces la queja se convierte en una adicción. Como cualquier otra adicción, puede funcionar de momento, pero nunca llenará el vacío de amor en su interior. Sólo nosotros mismos podemos satisfacer esta necesidad, abriendo el corazón a la verdadera fuente del amor. Sólo nosotros mismos podemos crear a ese adulto capaz de recibir al espíritu del amor y brindarlo a nuestro niño interior. La gente deja de quejarse cuando aprende a llenarse de amor.
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