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El síndrome de la oveja

Europa Press
El ser humano tiene esa asombrosa capacidad para copiar, para seguir, para ser guiado... Un deseo rector de ser exactamente igual a los que lo rodean. Ésto se llama "síndrome de la oveja". "Los vecinos de al lado se acaban de comprar una máquina cortacésped"... "Todos los niños en el colegio tienen uno"... La fantasía del "punto.com"... "es moderno / se usa"... "Quiero ser igual"... y así interminablemente.

Un ejemplo de este síndrome de la oveja es la reciente tendencia de los británicos de comprar propiedades en otro país. Millones de personas de clase media (y media-baja) han entregado los ahorros de toda su vida a cambio de un cuadrado de tierra con una construcción de discutible calidad encima de ella, en España, Chipre, Florida y otros sitios por el estilo. No sólo han puesto en ello todo lo que tenían, sino que lo han hecho para adquirir algo que está a miles de kilómetros de distancia y que, una vez que la emoción ha pasado, les resultará carísimo visitarlo apenas dos veces al año. Sí está de moda; "es algo 'sensato' comprar una propiedad en la Turquía rural, igual que nuestros vecinos". "Es rentable comprar una casa con tres dormitorios en Florida, porque el volante decía que podríamos alquilarla cuando no la usáramos. El agente dijo que el precio era inclusivo"... y así continúan las excusas, cada posible comprador convencido de que ha hecho algo sabio en su vida y que nadie le diga lo contrario porque ésa es la tendencia, ¡el síndrome de la oveja en acción!

Otro ejemplo gráfico del hombre que sigue al hombre fue el período de predicción de desastres relacionado con el "efecto 2000" (Y2K). Alguien observó por casualidad que los relojes de los ordenadores podrían tener problemas con el cambio de milenio porque nadie había pensado en ello antes, a pesar de que sólo faltaba un par de años. Así que se generó un terror pánico, y si alguien hubiera gritado "¡buuu!" en aquel momento, habrían ocurrido estampidas, se habrían evacuado ciudades y se habrían declarado guerras. Pero lo que sucedió fue que los rumores y contrarrumores se extendieron como un incendio forestal, la fantasía de sucesos terribles rebotó por todo el mundo y el público se obsesionó tanto con el desastre inminente que no sabía qué hacer.

Este proceso de instrucción aterrorizante comenzó al menos cuatro años antes del fin de siglo y la gente rápidamente se sintió atenazada por el miedo. El gobierno de los EE.UU. estableció un centro de comandos con un coste inicial de 50 millones de dólares con el objetivo de manejar la crisis que se avecinaba, y todo ese tiempo, muchos sinvergüenzas y astutas empresas hicieron fortunas vendiendo software para el Y2K y haciéndose pasar por expertos en el tema. Se gastaron millones de dólares, libras, yens, etc. en equipos nuevos que llevaban la pegatina anunciando "Estoy adaptado para el Y2K", y los guardias de seguridad nocturnos de las plantas de energía mentían sin escrúpulos diciendo que el 31 de diciembre libraban en el trabajo.

Se caerían los aviones durante la noche. Los misiles rusos se armarían automáticamente, para dispararse atravesando océanos y territorios hasta el centro de Sunset Boulevard. Las luces de las ciudades se apagarían y el agua ya no saldría de los grifos y los cajeros automáticos no volverían a dispensar un solo billete más... simplemente porque la "mano maestra" no lograría superar el cambio horario.

"El fin del mundo está cerca".

Cuando el cambio de siglo al fin se produjo, no ocurrió nada pasmoso o dañino. Ningún avión colisionó en mitad de las rutas aéreas, no hubo explosiones nucleares que incendiaran el cielo nocturno desde las plantas locales ni descendieron pequeños alienígenas verdes para apoderarse del mundo. Los únicos seísmos y temblores reales fueron consecuencia directa del pánico sembrado previamente. Aquellos que habían aprovisionado de comida sus búnkers subterráneos se pasaron años comiendo guisantes; los que habían acumulado equipos de emergencia se encontraron con que habían invertido sus ahorros en una montaña de baterías, linternas y lámparas de gas que ahora nadie quería. Los bancos la pasaron muy mal el lunes por la mañana lidiando con largas colas de clientes que querían reabrir sus cuentas cerradas (habían retirado el dinero porque las cajas fuertes de los bancos se cerrarían para siempre) y las empresas de alquiler de búnkers portátiles se las vieron negras cuando los productos que habían vendido días antes les fueron devueltos en masa.

Todas las ovejas se deben haber sentido muy ovinas pero obedientes a las reglas, y dado que todo el mundo se había metido en el mismo barco, simplemente buscaron otros senderos de oveja que transitar.

El síndrome de la oveja es un miedo profundamente arraigado a ser diferente, a ser "el raro", de convertirse en un paria dentro de cierto grupo social, laboral o familiar. Este miedo se inculca desde el nacimiento, tan profundamente que casi todos ignoran su existencia. Para la mayoría, el deseo ferviente de ser iguales, de ser miembros activos y populares dentro de un grupo, suprime la capacidad de pensar por qué realmente buscan eso; de este modo el miedo queda oculto, guardado en un rincón polvoriento de la mente. El condicionamiento empieza el día en que nacemos. Los padres les dan a sus hijos lo mismo que tienen otros niños de la misma edad, para que ellos acaben deseando todo lo que los otros niños tienen y, a su turno, les den a sus propios hijos lo que ellos creen que deberían tener. Como seres humanos, tendemos a funcionar y guiarnos en la vida por la copia, siguiendo a los demás, trantando de encajar, con la única guía de lo que vemos a nuestro alrededor. No intentamos dar un paso fuera del círculo donde estamos, no tratamos de pensar por nosotros mismos o de actuar de manera diferente, sólo por ese profundo temor a ser marginados o ignorados.

En algunos casos, hay personas que son vistas como "diferentes" por las otras. Los vecinos tal vez se aparten y murmuren sobre la familia que vive en el nº 29 porque no encajan para nada en el barrio. Pero la familia del nº 29 tiene una agenda diferente: no se interesan por el círculo social del "barrio" porque encajan muy bien en otro grupo social o laboral, y así se convierten también en ovejas, atadas a ese otro grupo por ideologías y tendencias.

Existe un discutible 1% de la sociedad que se las arregla para ser diferente; para ellos, la vida no es fácil. El mecánico que ha decidido no tener su propio coche puede ser considerado extraño por el resto del mundo. Incluso le resultará difícil conseguir trabajo dentro de su especialidad, aún cuando sea el mejor mecánico que existe. Simplemente, no se ajusta al perfil. La mujer embarazada que notifique al hospital que no desea ecografías de su bebé, será víctima de las habladurías de enfermeras y médicos, y tratada con frialdad, simplemente porque no acepta lo que dicta el sistema. Sin embargo, en estos actos de individualidad que podrían parecer valiosos a simple vista, puede esconderse igualmente la fea cara de la oveja. El mecánico que rehúsa conducir puede ser un descastado entre otros mecánicos, con su esposa, sus vecinos, etc., pero probablemente sea una oveja dentro de otro grupo social. Tal vez sea miembro de un equipo de ciclistas, un integrante de Greenpeace o de la sociedad anti-automóviles. Puede que la mujer embarazada que rechaza la ecografía no esté tan sola después de todo, porque tras ella hay una familia enteera que apoya su decisión.

El verdadero individualismo es difícil, si no imposible, de encontrar. A primera vista, los pequeños actos de transgresión sobresalen, especialmente entre aquellos que pueden soportar ser distintos, quienes tienen el poder o la posición de despreciar las sonrisitas y gestos despectivos que siempre acogen la actitud independiente. Estrellas pop, actores y políticos. El primer cantante que estrelló su guitarra contra el escenario hizo algo fuera de lo común, aún cuando al acabar el concierto esnifara drogas y abusara de las fans como cualquier otro miembro de su grupo social. La primera actriz que mostró sus pechos desnudos en la pantalla se apartó de la conducta moral aceptable, aunque después regresara a su mansión y a la fiesta de la que era anfitriona. El político conservador que se atrevió a sugerir que le gusrtaría comprar comida orgánica, volvió luego a su mansión de tres plantas donde lo aguardaban su esposa y sus dos o tres hijos.

El individualismo requiere valor, incluso si se trata de transgredir por un instante apenas la conducta "aceptable". Pero lo destacable acerca de ese 1% que se anima a pequeñas transgresiones es que sus actos "desencajados" con el tiempo se convierten en comportaientos totalmente aceptados. Aquella aventura de la guitarra hecha trizas contra el escenario trajo detrás una horda de músicos haciendo cola en la tienda de instrumentos para comprar guitarras de repuesto, y la actriz que desnudó sus pechos pronto descubrió que todas las demás irrumpían desnudas en escena y la dejaban atrás. Oh, y ese político que había mencionado la comida orgánica en seguida se encontró último en la cola de la tienda de alimentación orgánica del pueblo.

El individuo que verdaderamente hace algo completamente fuera de lo normal, el que no es una fotocopia de otro grupo social o laboral y que es un desconocido, o simplemente diferente, sabe que su vida es difícil. Se le niega la palabra, igual que a un eremita o a un recluso. Los hijos pródigos y las ovejas negras huyen volando perseguidos por ceños fruncidos y murmuraciones. Cuanto más fuera de lo común sean estas personas, más complicada se les hará la existencia. Casi todo el mundo tiene que seguir a otros o ser parte de un grupo social sólo para poder sobrevivir, incluso si el objetivo del grupo al que se asocia es ser diferentes. Simplemente, uniéndose al grupo de los "sé distinto", sus miembros se conforman con ponerse de acuerdo en ser diferentes.

Las únicas personas que son total e independientemente diferentes son aquellas que están muertas o viven aisladas en pabellones del hospital psiquiátrico local.


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