Usted se levanta por la mañana, aún cansado por la salida de la noche anterior y apaga el despertador siete veces antes de precipitarse a la ducha.
Mientras se está quitando el champú de los ojos irritados piensa en las obligaciones del día. Se maquilla o se arregla el traje en el coche y llega tarde al trabajo como de costumbre, desesperado por una dosis de cafeína; hace los recados a la hora del almuerzo y recoge la ropa de la tintorería justo antes de que cierre, después de un día que apunta a ser nada más que otra jornada de oficina; cumple con sus sesiones de bronceado y gimnasia y regresa a su casa... que necesita una limpieza.
Cada día es prácticamente igual; usted se parte la espalda tratando de hacerlo todo mientras su lista de tareas pendientes sigue creciendo. Y gracias a que vive en una ciudad superpoblada con una población en crecimiento exponencial, pierde una ofensiva cantidad de horas atascado en el coche, lo que le da más tiempo para pensar en todo lo que aún le queda por hacer. Cuando llega a su casa, limpia un poco, mordisquea algo del menú dietético que ordenó por Internet (¿quién tiene tiempo de hacer las compras tranquilamente hoy día?) que le ha costado una pequeña fortuna y que sabe a pienso para pollos, y se arrastra hasta la cama. Allí se queda despierto hasta tarde con la mente envuelta en un torbellino de preocupaciones sobre todo lo que no ha podido realizar. ¿A quién le queda tiempo para una relación afectiva?
La gente que vive y trabaja en la ciudad y no tiene pareja o hijos está siempre envuelta en una carrera. Muchos piensan que un hombre o una mujer solteros viven una vida de placeres: sin obligaciones, sin presiones, en completa libertad. Seguramente, hay muchísimos solteros que simplemente se van a su casa después del trabajo, piden una pizza por teléfono y ponen los pies sobre la mesita para mirar su programa favorito de televisión. Pero éstas son las personas cuyos traseros adquieren el tamaño de sus sofás. Ninguna ambición, nada de vida.
Sin embargo, nuestra existencia de hoy se vuelve cada vez más agitada. Tenemos tanto para hacer cada día... Incluso los solteros ansían tener más tiempo. Me pregunto cómo se las arreglan los matrimonios actuales para criar a sus hijos. Yo apenas tengo tiempo para descansar al final del día.
Tal vez se trate de que los habitantes de grandes ciudades atravesamos varias etapas de comportamiento social y deseos en la vida. Al principio, somos jóvenes profesionales luchadores recién salidos de la universidad, aceptando el último puesto de la cadena laboral y sobreviviendo con un magro salario. Éstos son tiempos de comer comida china y trabajar de camarero por las tardes.
Luego, entramos en un nuevo círculo social. Nuestras finanzas mejoran, podemos dejar el segundo empleo, mudarnos a un piso sin goteras y empezar a disfrutar de la vida nocturna con quien queramos. Pronto descubrimos que el "beau monde" y nuestra vida se consumen con el esfuerzo de mantenernos a la moda, asegurarnos de lucir perfecto en todos los aspectos y por supuesto, lograr que todos piensen que somos el chico o la chica "top". ¿Cómo podríamos iniciar una relación en este momento? Él o ella podrían descubrir que no somos tan fabulosos. Por otra parte, mola mucho más tener un nuevo romance cada semana. Éste es el período de la vida en que todos estamos "en pose".
Después de unos años de diversión y locura, ganamos un ascenso en el trabajo. Ahora adquirimos consciencia de nuestra responsabilidad e incluso nos la tomamos en serio. Nuestra vida puede cambiar, pero nuestra agenda repleta no. Todo empeora.
Cuando finalmente nos involucramos en una relación afectiva seria, debemos dedicarle tiempo. Para éso, debemos dejar de lado cosas que no siempre queremos dejar de lado. Estoy convencido de que trabajamos para tener tiempo. Compramos el tiempo. Trabajamos para poder disfrutar de unas vacaciones con las personas que amamos y poder comprar lencería de lujo para revivir la pasión. Pero en vez de dedicar todo el tiempo posible a nuestra "otra mitad", acabamos empleándolo en lavar el coche, quemando los michelines en la clase de Pilates, comprando comida para el gato y maldiciendo al pobre diablo cuyo coche se descompuso en medio de la calle de sentido único durante la hora punta.
Nos volvemos tan ambiciosos y obsesivos con nuestro aspecto exterior y nuestras necesidades materiales que se nos hace difícil dedicarle algo de tiempo, ese don tan precioso, a alguien más. Pero cuando soñamos despiertos sobre nuestro futuro, visualizamos una vida llena de familiares y amigos, una casita en las afueras, un esposo o esposa cariñosos, hijos, y la posibilidad de pasarnos el día en casa, viviendo de nuestros copiosos ahorros. Nos vemos haciendo lo que realmente quisimos y necesitamos siempre: pasar más tiempo en los brazos de nuestro ser amado.