Características generales del tabaco
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Se ha aceptado que el uso del tabaco en Europa, como narcótico, se originó en la introducción de las hojas de esta planta en España desde América.
Hay razones para suponer que la planta existía con anterioridad en Asia, si no desde tiempos remotos, pero no hay fuentes confiables que prueben que se usaba, al menos extensamente, para los propósitos que le hemos dado. Varios autores antiguos cuentan que los ancianos del extremo Oriente estaban familiarizados con la quema de sustancias vegetales como medio de inhalar humos narcóticos, y de hecho, si consideramos la afición de los pueblos orientales por el incienso como elemento de lujo y de culto religioso, no nos sorprendería que también usaran el tabaco. Pero no hay evidencia cierta de que se fumara tabaco en el Viejo Mundo antes de la introducción de la planta desde el Nuevo.
En 1492 Colón contempló por primera vez, en Cuba, la costumbre de fumar cigarros; pero no fue sino hasta varios años más tarde que un monje español identificó la planta, llamada Tabaca, en una provincia de Santo Domingo. Éste es un origen más probable del nombre de la planta que el que proponen otros que la relacionan con un tubo usado por los nativos para fumar, supuestamente llamado "tabac". Es evidente que Europa desconocía esta hierba y no tenía particular afición por ella, dado el lento progreso de la costumbre de fumar en el continente, que se desarrolló más después de conocerse las propiedades del tabaco.

En 1560, cuando Jean Nicot, embajador de Francia ante la corte de Portugal, informó sobre la existencia y uso del tabaco a su rey, casi nada se sabía sobre este vegetal foráneo. Antes que los hombres que acompañaron a Colón en sus viajes, al uso de los nativos, parece que la adopción de la pipa debe atribuirse a un caballero inglés, Raphelengi, quien, habiéndose acostumbrado a fumar en Virginia, introdujo esta práctica en Inglaterra.
Parece que Sir Walter Raleigh no adoptó la pipa hasta después del regreso de Sir Francis Drake en 1586. Cerca de cien años pasaron hasta que las raíces del hábito de fumar se fijaron entre los ingleses. Y probablemente no se habría extendido con tanta rapidez a partir de ese momento, si no se lo hubiera sometido de inmediato a una violenta persecución. En pocos años se publicaron más de un ciento de volúmenes fulminantes que acusaban al tabaco y a la práctica de fumar como herejía. Sin duda, fue ésto lo que aseguró el triunfo de la planta.
Estas observaciones nos sugieren una pregunta: ¿hasta qué punto el tabaco es apto para el consumo humano? Por un lado, la práctica de los nativos cubanos se toma como prueba de la causa final, ya que se supone que los "salvajes" siguen los dictados de la naturaleza; y luego está la otra parte, que señala la adopción tardía de este regalo natural por parte de la gente "civilizada" es una clara prueba de que esa hierba no estaba destinada a los usos a que luego se aplicó. Es en vano discutir cuestiones de este tipo. No tenemos elementos para un juicio adecuado. Tal vez, ya que nada sabemos, los salvajes americanos tardaran varios cientos de años en adquirir el hábito; al menos no tenemos motivos para suponer que se tratara de una adopción primitiva.
Si una costumbre humana es prueba en sí misma de las intenciones de la naturaleza o no, siempre será un misterio. Pero hasta donde sabemos, muchas cosas malas le resultan al hombre más "naturales" de lo que sería deseable. Para aquellos que encuentran agradables las buenas costumbres, podemos decir que la naturaleza siempre ha hecho sus mejores intentos para erradicar lo que hace daño y rescatar a sus criaturas de las indulgencias del vicio. La verdadera pregunta práctica debería ser, en resumen, qué es benigno y qué es perjudicial, según los resultados de nuestra experiencia.
La botánica nos menciona siete u ocho especies diferentes de tabaco, todas ellas extendidas más o menos por las latitudes cálidas. De todas las regiones, Virginia (EE.UU.) perece la mejor para su cultivo, y rinde grandes cantidades de tabaco común o tabaco de Virginia (Nicotiana tabacum). Una especie más dura (Nicotiana rustica) se puede cultivar en latitudes tales como la de Escocia. Ésta es la especie que fue hallada en Europa, Asia y África; y si no fuera por las restricciones legales, estaríamos produciéndola en suelo fértil en cantidades mayores que las convenientes para nuestro tesoro nacional o la salud de nuestros pueblos. No hace falta decir que la intención, como parte de la naturaleza humana, poco tiene que ver con el hábitat; de otro modo los pueblos de latitudes frías serían menos adictos al uso de esta planta tropical que aquellos de regiones más cálidas.
Sabemos que la verdad es probablemente lo contrario; pero todos nuestros esfuerzos para extraer alguna conclusión a favor o en contra de la adaptación de una raza a la producción propia de determinado clima son vanos, según las enseñanzas de los naturalistas, que insisten en un origen común para todas las razas y una constitución adaptable a todos los climas. La posición más segura es decir que un mal hábito se puede crear en cualquier latitud y se puede sostener por medio de infinitos argumentos, en los que el deseo ejerce su poder misterioso por encima de lo que llamamos razón.
En cuanto a la composición del tabaco, se han realizado infinitos experimentos en esta ciencia relativamente nueva que es la Química Orgánica, que parecen poner a prueba la paciencia de la misma industria. Hay nueve o diez sustancias diferentes que entran en la composición de la hoja de tabaco, y parecen cambiar sus proporciones según las condiciones de la planta. Dejando de lado el almidón, varios ácidos y sales, llegamos a lo que se podría llamar el elemento o principio esencial, la
nicotina. Estas proporciones de carbono, hidrógeno y nitrógeno no le dicen nada al analista que pueda serle útil para definir el carácter del compuesto.
A este respecto, la fórmula de todas las sustancias orgánicas encierra prácticamente el mismo misterio: una pequeña diferencia en las proporciones de combinación causa la gran diferencia en los resultados. Pero no hay misterio en cuanto al carácter de la nicotina, un alcaloide líquido incoloro, con un sabor acre y ardiente. Es uno de los venenos más poderosos, con un efecto similar a la más poderosa dilución de ácido prúsico (solución de cianuro de hidrógeno en agua).
El otro elemento importante encontrado en el análisis del tabaco es un aceite llamado
nicotianina, supuestamente "el zumo del maldito beleño" al que se hace referencia en
Hamlet. Esta sustancia aceitosa es también un veneno muy intenso, esencialmente diferente del alcaloide, y que se supone capaz de actuar sobre distintos órganos vitales. Tenemos, entonces, dos venenos en el tabaco (un hecho notable para la química orgánica, pues en el reino vegetal generalmente encontramos sólo un principio activo en la base de un producto particular). Algunos científicos sostienen que no existe cantidad alguna de dicho aceite venenoso en las hojas frescas del tabaco, a lo que otros responden que la nicotianina se desarrolla durante el proceso de secado de las hojas por la influencia del aire y el agua. El descubrimiento, si es cierto, puede librar a la planta de los cargos de poseer doble veneno; pero las consecuencias son las mismas para el consumidor, quien nunca ve las hojas recién arrancadas.
También se ha dicho que el humo del tabaco no contiene porcentaje detectable del alcaloide mortal; y que los fumadores que consumen tabaco de pipa o cigarros han acusado menos efectos nocivos que los fumadores de cigarrillos, pero me temo que esta conclusión no es muy fiable, pues el aceite dañino, como podemos comprobar examinando una pipa, aumenta con el continuo calentado y quemado. Ya sabemos, además, que las pipas viejas son las favoritas de los fumadores epicúreos: cuanto más aceite acumulan, mejores se tornan; hasta que alcanzan su perfección cuando se convierten en una masa de arcilla empapada en veneno; y secada, y vuelta a empapar y vuelta a secar cientos de veces; de modo que el instrumento entero está impregnado por absorción.
Los efectos psicológicos en el hombre han sido observados cuidadosamente. Sólo citaré las palabras de algún científico: "En pequeñas dosis, el tabaco causa una sensación de calor en la garganta y cierto sentimiento de tibieza en el estómago. Estos efectos son, sin embargo, menos obvios cuando se toma tabaco en estado líquido y muy diluído. Por repetición, normalmente actúa como diurético, y con menor frecuencia como laxante.
"Acompañando estos efectos a menudo se producen náuseas y una sensación particular frecuentemente descrita como mareo, pero que no concuerda mucho con la acepción ordinaria de este término. Dado que las hinchazones edematosas desaparecen bajo la acción de estas dosis, se infiere que el producto fomenta la activación de los absorbentes. Ocasionalmente actúa como analgésico, y más raramente promueve el sueño.