El 'drama histórico' de la Catedral de León, desde la 'silla de la reina' del siglo XIV hasta el incendio de 1966




Europa Press



La Catedral de León ha sufrido numerosos desperfectos en su estructura a lo largo de los siglos, un "drama histórico" que ha provocado que el templo haya estado permanentemente marcado por el signo de la inseguridad, desde la primera intervención en el siglo XIV que supuso la construcción de la denominada 'silla de la reina' hasta el incendio que arrasó la techumbre de las naves altas en 1966.

Una gran parte de la planta de la Catedral está repleta de hipocaustos romanos del siglo II, lo que dificultó una buena cimentación de los pilares. Además, la acumulación de humedades y la filtración de aguas ocasionaron graves inconvenientes a los maestros.

Por otra parte, la mayor parte de los sillares del templo es de piedra de mala calidad, deleznable ante los agentes atmosféricos y la sutilidad de su estilo es un "desafío" a la materia; los soportes son sumamente frágiles y las líneas han quedado reducidas a una depuración total, a base de experiencias muchas veces frustradas.

El 'drama histórico' de la Catedral de León Éstas han sido algunas de las principales razones por las que desde finales del siglo XIV comenzaron a verse fallos en su arquitectura. En aquella época se resintió al hastial sur, por haberse desequilibrado los pilares torales, lo que supuso la construcción de la 'silla de la reina', obra del maestro Jusquín.

El año 1631 se derrumbaron parte de las bóvedas de la nave central y el Cabildo recurrió a Juan Naveda, arquitecto de Felipe IV, que cubrió el crucero con una gran cúpula con la que rompió los contrarrestos del sistema gótico, tan distintos de los del barroco, según se explica en la página web de la Catedral de León, www.catedraldeleon.org.

Tanto las capillas del sur como el hastial volvieron a estar en peligro y éste último tuvo que ser reedificado el año 1694. Joaquín de Churriguera levantó cuatro grandes pináculos sobre los pilares del crucero a principios del siglo XVIII, pero las consecuencias de esta intervención fueron "nefastas".

De esta manera, desfilaron por León grandes arquitectos como Giacomo de Pavía, mientras los males del templo se agravaban. El terremoto de Lisboa del año 1755 conmovió a todo el edificio y afectó de manera especial a los maineles y las vidrieras.

Más tarde, en el año 1830, los desprendimientos de piedras en el hastial sur se incrementaron y, para salvarlo, Sánchez Pertejo reforzó los contrafuertes de toda la fachada.

PELIGRO DE UN TOTAL HUNDIMIENTO

El Cabildo temió un desenlace fatal cuando en 1857 comenzaron nuevamente a caer piedras de las bóvedas. Entonces intervino la Real Academia de San Fernando y el Gobierno encargó las obras a Matías Laviña, que desmontó la media naranja y los cuatro pináculos que la flanqueaban, pero el peligro de un total hundimiento se hacía más inminente.

A su muerte se responsabilizó de las obras Hernández Callejo, quien pretendía seguir con el desmonte del edificio, pero fue cesado en el cargo y continuó con los proyectos de Laviña Juan Madrazo el año 1869. Éste era un gran medievalista, buen conocedor del gótico francés y modificó notablemente la disposición de las bóvedas, volvió a rehacer desde la arcada el hastial del sur y planificó todo el templo tal y como se encuentra en la actualidad.

A Juan Madrazo le sucedió en el cargo Demetrio de los Ríos el año 1880. Purista, como el anterior, confirió a la Catedral el aspecto primitivo, según su pensamiento racionalista y desmontó el hastial occidental, que había sido realizado por Juan López y Juan de Badajoz el Mozo, en el siglo XVI.

RECOMPOSICIÓN DE LAS VIDRIERAS

A su muerte fue nombrado arquitecto del templo Juan Bautista Lázaro, que concluyó los trabajos de restauración arquitectónica en la mayor parte del edificio y el año 1895 emprendió la ardua tarea de recomponer las vidrieras. Éstas llevaban varios años desmontadas y almacenadas, con grave deterioro y en sus labores fue ayudado por su colaborador, Juan Crisóstomo Torbado.

El último de los desastres que sufrió de manera importante la Catedral de León se produjo el 27 de mayo de 1966, cuando un incendio arrasó la totalidad de la techumbre de las naves altas.

A raíz de los infortunios que a lo largo de los siglos han perseguido al templo surgió la leyenda del 'topo maligno'. Sobre la puerta de San Juan, en el interior, cuelga un pellejo, a modo de quilla, que la tradición leonesa ha identificado como un 'topo maligno' que minaba el subsuelo durante la noche, cuando los canteros dormían y convertía en ruinas sus trabajos diarios.

Según esta leyenda, el 'topo maligno' fue finalmente sorprendido en una trampa y murió, mientras que su cadáver quedó colgado en el interior de la puerta de San Juan como testimonio de aquella proeza.

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