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Published On: Dom, Ene 4th, 2004

Democracia escoltada

A pesar del tono neutro y dinámico de la radio, la noticia que escucho revela de golpe todo el fondo demencial de la situación creada por el terrorismo de ETA: los ex altos cargos del PSOE volverán a tener la escolta que les fue retirada hace unos meses. Los concejales del PP en Euskadi dan por descontado el peligro de muerte que conlleva su opción. Con Martín Carpena, la amenaza se cierne sobre todos los concejales populares del país; con Asenjo se extiende a todos los políticos, y con Jáuregui, también a los ex políticos. El círculo se expande vertiginosa y kafkianamente: el riesgo alcanza a los allegados, a los familiares, a los vecinos, al cartero y al taxista, potenciales víctimas colaterales. El portal de cada casa, el garaje, el bar en el que un concejal toma unas tapas, las aulas que pisa Fernando Savater, la Biblioteca Nacional que dirige el amenazado Jon Juaristi… Medio país acabará escoltando a la otra mitad.

Hace unos días emitieron en TVE 2 un documental sobre la transición española. Cómo ha cambiado todo desde entonces: todo menos ETA. Los partidos políticos se han reciclado; sus mensajes se han ido adaptando a la flexibilidad de una sociedad que quería renovarse. También los militares, que aprendieron la lección de febrero del 81: el fervor patrio parece suavizarse en las misiones internacionales, y hasta podemos ver anuncios con estética de telefilme que invitan a las chicas a buscarse un futuro en un ejército profesionalizado. Hace años que un Tejero inadvertido se da chapuzones en la piscina de una urbanización de la Costa del Sol.

Sólo ETA permanece igual a sí misma: bárbara, empecinada, monolítica, paleolítica (con perdón para los señores prehistóricos). No nos dejan que olvidemos la imagen de la viuda deshecha abrazada a un féretro. Tiene que servir para algo la entereza de la madre, la hija y la viuda de Juan María Jáuregui en primera fila de la manifestación que siguió al asesinato. Y eso que el verdadero terror no puede fotografiarse: todos tenemos en el fondo la certeza de que lo más terrorífico sucede fuera del alcance de las cámaras. Empieza cuando se callan los periodistas y se van los fotógrafos. Intentamos imaginar con perplejo horror el día a día del chaval que ha visto a su padre destrozado junto al coche o que cogió el teléfono cuando ETA anunciaba su macabra llegada. En la infancia los años son inmensos y los veranos largos y felices. Un atentado cercano obliga a cada huérfano a reflexionar prematuramente sobre las sinrazones de la historia. Son los daños menos visibles, pero son los más perversos. “La infancia es más larga que la vida”, dice Ana María Matute. A ellos les toca acarrear una infancia dañada por la impotencia y el absurdo. Porque a ver cómo se les explica que les ha tocado vivir en una democracia escoltada.

Aurora Luque



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