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Published On: Jue, Mar 25th, 2004

El feímetro


El pasado sábado Manuel Alcántara comentaba el invento del “dolorímetro”, un artilugio capaz de medir el dolor físico. Nuestro articulista discutía sobre los límites indefinibles entre el dolor psíquico y el puramente físico, sobre la percepción subjetiva del dolor propio. Me hizo recordar que un novelista cubano actual mencionaba un aparato parecido, el “feímetro”, en un pasaje de puro juego verbal. Pedro Juan Gutiérrez, en “Animal tropical”, su última novela, hace decir a uno de sus personajes que Fulano era tan feo que rompía los feímetros. El cubano Pedro Juan describe una Habana con una desnudez inusitadamente despiadada, sin desvaríos líricos, en una especie de jerga entre picaresca y minimalista que rápidamente ha sido etiquetada como “realismo sucio antillano”. A los lectores de este lado del océano, que llevamos en la mente la Cuba colonial de los bisabuelos con la pátina superpuesta de los itinerarios barrocos y lujosos de Carpentier y Lezama, más la plantilla en blanco y negro épico de la revolución, nos resulta desafiante e incómoda esta Habana sucia y desahuciada de Pedro Juan Gutiérrez. Su propia literatura es un feímetro de bolsillo: inquieta a los colegas cubanos, y al resto del mundo le cuenta la temperatura exacta de la ruina de su ciudad, la graduación de ese cóctel de miseria desideologizada, lúcido nihilismo, ansia de supervivencia y vitalidad carnal que define hoy a Cuba.

Deberían inventar y patentar feímetros para su uso en el hogar. Del mismo modo que nos miden los índices de audiencia, los oyentes y televidentes deberían tener acceso a un control privado del índice de fealdad de tal o cual emisión televisiva. El feímetro mediría el grado de mal gusto de tal actuación, el grado cero artístico de ese supuesto cantante y nos avisaría con una alarma sonora del grado agudo de entontecimiento al que quedamos expuestos cada vez que se conecta con el programa de Ana Rosa Quintana. El feímetro indicaría, al sintonizar con estos magacines y falsas tertulias, cuántos millones cobra el famoso de turno por conceder una entrevista o por posar unos minutos. Al visualizar los programas en los que actúan niñas vestidas de folclóricas chillando como pantojas delirantes, nuestro feímetro correría el riesgo de fundirse al rebasar la escala de la ausencia total de sentido estético. También habría echado sus buenas chispas durante la emisión de la película “Más allá del jardín”, de nuestro inefable Gala, hilarante a fuerza de falsa y acartonada. Podría averiarse seriamente con la emisión de “Crónicas marcianas” o la de esos programitas de crónica rosa que preceden o siguen a los telediarios.

Y si lo bello es lo excelente y lo feo innoble, nuestro feímetro nos avisaría con su alarma cada vez que un ministro descaradamente hipócrita se asomara con sus declaraciones: Piqué, verbigracia, cuando parlotea sobre el “Tireless”.

Pero un artilugio así no sería rentable. ¿De qué serviría que la gente se volviera demasiado sensible ante tanto mal gusto canalizado? Así, amodorrados y poco exigentes, se nos gobierna mejor.

Aurora Luque   Aurora Luque es escritora, con varios libros y cientos de artículos y colaboraciones publicadas. Es columnista del Diario Sur de Málaga (España) y profesora de Griego. Si quiere saber más sobre esta escritora pinche aquí.



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