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Published On: Vie, Sep 24th, 2004

MUNDO SALVAJE

Proclaman que van a darnos un mundo más seguro. Pero nos dan, seguro, un mundo más paranoico. No se me ocurre pensar otra cosa cuando repaso el episodio en el que se vio envuelto el cantante Cat Stevens al querer visitar Washington.

Cat Stevens, británico de origen y convertido al islamismo desde hace más de veinte años, decidió viajar a Washington el jueves último. Cuál no sería su sorpresa al ver que el avión que lo transportaba era desviado hacia Bangor (Maine) por razones de “seguridad nacional”. Parece ser que su nombre, que desde 1977 es Yusuf Islam, figuraba en algún tipo de lista “preventiva” que le impedía entrar en los EE. UU.

Que yo sepa, el señor Stevens – o Yusuf Islam, como queráis -, ha sido siempre un reconocido pacifista que, más que amenazar a la civilización occidental y cristiana, ha realizado muchas obras de caridad. Si recordáis, además, sus famosas canciones, como “Padre e hijo”, “Amaneció”, “Oh, muy joven” y tantas otras, hablan del amor, de la belleza del mundo, de los sueños, a veces infundados, de la juventud. Nunca se ha sabido de él que protagonizara o propiciara ninguna acción violenta, discriminativa u ofensiva. Parece que el sólo hecho de haber cambiado de religión, cambio por otra parte nada reciente, lo convierte automáticamente en “persona non grata” para los atemorizados americanos.

Me imagino que además el cantante, dueño de un buen toque de “humor inglés” que no habrá desaparecido con su cambio de filosofía, se habrá sentido inclinado a reírse de la situación, cosa que contribuyó a soliviantar los ánimos de las susceptibles autoridades estadounidenses, quienes lo pusieron, sin más, de patitas en Inglaterra.

Lo que más me inquieta de esta situación es que parece mostrar el surgimiento de un nuevo tipo de macartismo, en el que ahora no es la izquierda, sino el Islam, la ideología tabú. No niego que, después del 11-S y dados los actuales conflictos con Irak y otros países musulmanes que inició el Tío Sam, un buen porcentaje de temor y sospecha sea inevitable. Pero ese acto de disparar y luego preguntar “quién vive” me suena extremo y muy peligroso. La tradición americana, según se nos muestra siempre en las películas, sostiene que no se puede acusar a nadie de un delito hasta no probar que lo haya cometido. ¿Es prueba suficiente el hecho de portar un nombre que suena feo a los oídos de un gobierno? ¿Habrá algo más que no sabemos, o es que el delirio de persecución de ese gran país ha llegado al límite?

Como el mismo Cat (o Yusuf) dice en una de sus canciones más difundidas, “oh, nena, éste es un mundo salvaje”.

Inés Álvarez



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