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Published On: Lun, Oct 4th, 2004

El rey Lear

Lear. Y ahora, gozo nuestro, nuestra última hija y más pequeña, cuyo amor juvenil enfrenta, interesados, los pastos de Borgoña y las vides de Francia, ¿qué haréis para obtener un tercio más valioso que el de vuestras hermanas? ¿Qué tenéis que decir?

Cordelia. Nada, my lord.
Lear. ¿Nada?
Cordelia. Nada.
Lear. Nada obtendréis de nada. Hablad de nuevo.

(W. Shakespeare: El rey Lear)

El rey Lear, según los entendidos, es la obra más grande de Shakespeare, aunque quizás por su complejidad no sea la más estudiada. Como todas las obras del genio inglés, retrata el alma humana y sus pasiones. La obra cuenta la historia del anciano rey Lear, quien decide repartir el reino entre sus tres hijas. Adulado por las dos mayores y disgustado por la excesiva sinceridad de la menor, Cordelia, deshereda a ésta y reparte sus tierras entre las dos primeras. Cordelia se marcha y se casa con el rey de Francia. Poco después, Lear comprende que ha sido manipulado por sus hijas mayores, que sólo deseaban sus bienes. Arrepentido, intenta salvar su reinado. Aquí comienza una compleja trama de engaños para lograr el poder.

Esta historia ha sido llevada al teatro por innumerables compañías y al cine por directores tan famosos como Kurosawa (recordemos su película Ran). Hoy podemos apreciar una moderna versión que se representa en el Congreso español. Aquí, el Presidente Zapatero es Lear, el reino está simbolizado por los Presupuestos Generales del Estado, y las hijas son ahora todos los presidentes de comunidades autónomas que tironean para ver cuál es la que recibe la mayor cuota.

Como vemos, la recreación de época y lugar ha variado, así como el número de actores, pero la línea argumental se conserva intacta. El Gobierno tiene que repartir. De sus “hijos”, algunos adulan, otros chillan, otros guardan silencio. Pronto comienzan a atacarse unos a otros para obtener mejor tajada. Unos dudan, otros confían, otros protestan aunque se les haya dado lo que esperaban. Ninguno está conforme. Y el Presidente, como el anciano rey Lear, debe estar pensando “¿qué he hecho yo para merecer esto?”. Esperemos que haya alguna otra novedad en esta hispana adaptación: que ninguno de los hijos de este estado se marche para casarse con un gobernante extranjero, y que la obra no acabe finalmente en tragedia.

Inés Álvarez



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