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Published On: Sab, Nov 6th, 2004

Juegos de palabras

Es posible que los temas que preocupan a los pueblos sean índice de su nivel de bienestar. O también es posible que denoten su nivel de necedad. Si tomáis como referencia la guerra de los idiomas que se está librando en España, tal vez me concluyáis que ambas cosas.

La reciente polémica sobre las coincidencias y divergencias entre catalán y valenciano ha alcanzado el límite del absurdo. El revuelo montado por los gobiernos de Cataluña y Valencia alrededor de las traducciones del Tratado Constitucional, más que demostrar la defensa de la identidad y el amor por la tierra, hacen que ambas comunidades, se pongan en ridículo, arrastrando dentro del círculo al Gobierno Central.

Los catalanes siempre se han esforzado al máximo por ser “diferentes”, pero ahora les molesta que sus vecinos también quieran serlo. Cataluña argumenta que su idioma y el valenciano son el mismo. Valencia responde que su variante tiene derecho, por respeto a los Estatutos, a ser considerado lengua co-oficial, al mismo nivel que el catalán. Zapatero dice venga, va, démosles el gusto; presenta cuatro traducciones del TC y ahí vuelan los guantazos. Maragall primero amenaza al Presidente del Gobierno con ponerle una demanda; un rato más tarde se retracta y dice que don José Luis ha obrado como corresponde. De uno y otro extremo se alzan airados los gritos de justicia. El País Vasco aprovecha para llorar ante los alemanes la desdicha de que su lengua aún no haya sido reconocida en la Unión. Los gallegos meten baza tímidamente y discuten si A Coruña debe volver a llamarse La Coruña. ¡Basta ya! ¿En España (o debo decir la Unión de Estados Españoles, los Estados Unidos de España, o Los Reinos de Castilla, Aragón, Al-Andalus y la mar en coche) no hay nada más importante?

Si el reconocimento del catalán y el valenciano como idiomas independientes en la Unión Europea es una estrategia para obtener rédito político, de igual manera se podrían ganar votos ocupándose de otros temas que fueran más útiles a los ciudadanos. ¿Acaso en Valencia y Cataluña (perdón, Catalunya) no existen el desempleo, la delincuencia, el tráfico de drogas, la violencia doméstica, la siniestralidad laboral, el conflicto de la inmigración, el terrorismo…? En Catalunya sí existen, soy testigo. Y porque no hay punto en nuestro territorio que no los sufra más o menos, supongo que también en Valencia. Entonces me pregunto por qué no se resuelven antes los verdaderos problemas, por qué no se ayuda a los vecinos a resolverlos, por qué no se trabaja primero por el bienestar de la población y luego, cuando esas deficiencias se hayan superado, cuando España sea un país coherente y un ejemplo para Europa, recién entonces, digo, podrán sentarse todas las comunidades a conversar sobre sus peculiaridades idiomáticas, no para iniciar una guerra civil por ellas, sino para intentar que sean un rasgo más de una nación pluricultural, respetuosa de sus diferencias y orgullosa de sus concordancias.

Inés Álvarez



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