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Published On: Jue, Dic 23rd, 2004

Navidades de mi infancia

Las Navidades de mi infancia no estaban teñidas de nieve y villancicos junto al fuego. Eran jornadas de mesa en el jardín, al calor agobiante del verano en Buenos Aires. No había aguardiente de hierbas ni pavo asado sino refrescos, mucho hielo y ensaladas frías. No faltaban, sin embargo, turrones y almendras que producían una subida de temperatura corporal próxima al alerta rojo.

Los preparativos comenzaban dos semanas antes con las convocatoria del ejecutivo familiar: mi padre y mis tíos se sentaban a deliberar lo que habrían de poner en la mesa de ese año y organizar las compras respectivas. Había que medir los gastos: éramos muchos y la economía, ya entonces, tambaleante.

Mi madre, mis dos tías y mi abuela empezaban a cocinar con tres días de anticipación. De sus manos surgían platos milagrosos, coloridos, aromáticos. A veces las oía protestar a regañadientes pensando en lo bien que se lo pasaba el resto del clan mientras a ellas les tocaba, indefectiblemente, el trabajo forzado porque nuestro patio había sido declarado centro de festejos ab æternum.

Llegaba la Nochebuena. La casa se empezaba a poblar de tíos, primos, primos segundos y agregados culturales. La mesa estaba puesta desde temprano y paulatinamente cada uno iba ocupando su sitio, aunque nadie se quedaba quieto por mucho tiempo. Con frecuencia sumábamos veinte personas. No era raro que apareciera algún primo lejano, que se colara algún amigo, o que la prima Susana apareciera con su nuevo amor… acompañado de su familia completa. Había que lidiar con el mal humor del tío Eugenio y disimular los llamados de las admiradoras del primo Carlos porque su novia estaba presente. Teníamos que inmunizarnos ante la extrema sinceridad de Martita y los lloriqueos de la tía Rosa, hacer la vista gorda ante las escaramuzas entre mi padre y mi abuelo y pasar por alto las infaltables bromas pesadas del tío José.

Pero llegaban las doce y la sidra y los higos, y las canciones gallegas y los recuerdos del Vigo natal. Y Carlos o Alberto o incluso Susanita venían vestidos de Papá Noel, simulando la barriga con una almohada y sudando como condenados, a repartir regalos para todo el mundo. Seguía una ronda de fuegos artificiales y el aterrizaje de Pepe y Lola, de la casa de al lado, con un tardío cuarto de cordero asado y una botella para brindar y los vecinos de la otra manzana que traían sus guitarras y se quedaban cantando y contando chistes de loros hasta el amanecer. Poco después de haber acabado la cena, lavado un ciento de platos y despedido a todos ya daba el mediodía, y otra vez la gran mesa puesta, y la familia con cara de sueño, pero todos al pie del cañón para el almuerzo de Navidad.

Los años han pasado. La familia se fue haciendo más pequeña: algunos se marcharon para siempre, otros nos hemos ido a vivir muy lejos de la casa natal. Cada uno debe hacer su vida, dice mi padre. Mis festividades giran ahora alrededor de largos llamados telefónicos. Mis Navidades tienen nieve y aguardiente junto al fuego, pero qué no daría yo por recuperar aquellas otras de agobio estival, de casa superpoblada, de pequeñas rivalidades domésticas y grandes esperanzas, de laboriosidad y algarabía. Qué no daría yo por volver a las Navidades de mi infancia.

Inés Álvarez



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