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Published On: Jue, Dic 30th, 2004

Antes muerta que arrugada

La búsqueda de la perfecta belleza y la eterna juventud, un signo de nuestros tiempos que no perdonan a la naturaleza, puede acabar pasando una factura muy cara a los cultores de la estética a toda costa. Uno de los últimos llamados de atención al respecto acaba de ocurrir en Estados Unidos con el Botox.

Las noticias del mundillo médico nos cuentan que hace un par de días varios cirujanos estéticos de los EE. UU. inyectaron a sus pacientes una toxina botulínica equivocada en lugar del producto antiarrugas Botox, originando la aparición de al menos cuatro casos de botulismo. El producto provenía de un laboratorio que estaba fabricando tratamientos de belleza no aprobados por el estado. Los directores de estas sociedades, a la sazón dos médicos, vendían el compuesto a facultativos y dermatólogos amén de organizar reuniones donde explicaban cómo utilizar el producto.

Cabe aclarar que el Botox es un producto con varias aplicaciones en la medicina, entre ellas, la estética, por su efecto de “planchado” sobre las arrugas y líneas de expresión. Consiste en una proteína que se extrae de la bacteria causante del botulismo (enfermedad mortal que se caracteriza por causa una parálisis generalizada en el cuerpo). De todas las toxinas producidas por la bacteria, sólo una es apta para uso terapéutico. Cualquier error en su selección o procesamiento puede tener consecuencias fatales, como en los casos que estamos comentando aquí.

No es raro que ocurran cosas como ésta en el ámbito de la cirugía estética. Desgraciadamente existen médicos cuyo ánimo de lucro sobrepasa su consideración por la vida de los pacientes. Se conocen con frecuencia casos de clínicas de “belleza” -finalmente resultan ser empresas ilegales- que ofrecen tratamientos e intervenciones a precios sospechosamente acomodados Tanto, que muchos de los que se someten a ellos no viven para contarlo.

Sin embargo hay que advertir que esta estética de contrabando no prosperaría si no contara con tantos consumidores. Mucha gente desespera por lograr la apariencia que exige la insensata moda actual. Y si su poder adquisitivo les impide costearse un tratamiento “en regla”, son capaces de ponerse en manos de falsos mesías antiarrugas que les ofrecen un renacimiento a precio de rebajas. Así se juegan la salud, y con frecuencia la vida, en aras de la fantasía de volver atrás el tiempo.

El deseo de verse bien no puede ser criticado. Me parece completamente válido que la gente guste del arreglo personal y trate de tener un buen aspecto. La coquetería en la dosis justa puede ser una virtud. Pero llegar al punto de someterse a extraños tormentos para olvidar la edad que el carné nos recuerda una y otra vez… eso es un psicótico culto a la mentira. Y peor aún si creemos que esto se consigue por una bicoca. La belleza cuesta cara, en más de un sentido. Por ejemplo, cuando advertimos que una piel rejuvenecida no es capaz de disimular una mentalidad estúpida. Y contra éso, no hay cirugía que alcance.

Inés Álvarez



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