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Published On: Lun, Ene 17th, 2005

El País de Nunca Jamás

El País de Nunca Jamás es una tierra de niños gobernada por el Capitán Garfio, un pirata subnormal pero inescrupuloso con un gancho en vez de mano, con el que pesca sin inconvenientes los frutos de su latrocinio. Este país fue una vez llamado Tierra de la Libertad, pero ese nombre entró en decadencia cuando comenzó a esclavizar sistemáticamente cada punto del planeta donde había algo valioso que robar.

En el País de Nunca Jamás se cubren los pechos de las estatuas y se defenestra a cantantes que muestran el escote, cosas que se tienen por obscenas, pero no se considera obsceno el exterminio de pueblos enteros a los que se invade para robar sus riquezas naturales. Tampoco importa que, de paso, en la ruta del atropello se destrocen monumentos históricos irreemplazables para la humanidad. Menos importa que las conquistas extramuros del pirata Garfio provoquen sangrientas represalias: él tiene un buen escondrijo donde cuidar sus posaderas mientras los habitantes de su territorio reciben las balas.

En este país, que antaño se autodenominó cabeza de los derechos humanos, es nombrado Jefe de Seguridad Interior un juez que no tiene empacho en efectuar detenciones ilegales, meter espías en reuniones religiosas y políticas y colocar escuchas durante las conversaciones “confidenciales” entre abogados y clientes. En esta nación, ayer progresista, los libros escolares se etiquetan con pegatinas que rechazan la teoría de la evolución en favor de la teoría bíblica, violando las libertades que en un pasado remoto garantizó su Carta Magna. Y a aquellos que manifiestan contra estos recortes, se los oculta, se los desoye o se los droga con bienes de consumo y programas de telebasura.

El Capitán Garfio, enviado de Dios al territorio de Nunca Jamás, despilfarra diez millones de dólares en los actos de su investidura, dinero con el que se podrían comprar medicinas para veintidós millones de niños afectados por los terremotos del sur de Asia. El pirata, bien entrenado por su pandilla de acólitos, sigue insistiendo en que su país será el primero en brindar ayuda económica a los pobres asiáticos. Eso será, claro, si le sobra algo del festín.

A este país, que desde hace décadas interfiere en la vida del mundo, hace y deshace gobiernos, planta y erradica dictaduras, despoja de sus medios de vida a millones de personas en nombre del orden y la justicia, condena el sexo y enaltece la tortura y el asesinato, a este país, según la genial Ana Palacio (nuestra ex-ministra de Exteriores), España debe permanecer unida “pese a quien le pese”, pues de lo contrario nos arriesgamos a caer en la “miseria intelectual”. Vaya intelecto el suyo, señora Palacio, que pone como ejemplo a semejantes personajes. Múdese usted al País del Nunca Jamás, de donde espero que nunca jamás regrese. Y lleve los senos bien tapados.

Inés Álvarez



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