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Published On: Sab, Ene 22nd, 2005

Galileo en el banquillo

Después de seguir el curso de las noticias durante la última semana, da la impresión de que el tema Iglesia Católica – preservativos ha llegado a un punto muerto. Ante el estancamiento del debate, debate que por otra parte no involucra a toda la sociedad y que no parece conducir a ninguna parte, quizás sea hora de que cada individuo tome sus decisiones basadas en la razón y el buen criterio.

Ha dicho que sí, ha dicho que no, ha recibido un tirón de orejas y luego ha opinado que más o menos. Las autoridades de la Iglesia Católica han pasado en estos días por todos los colores de la escala de opinión, para finalmente llegar al punto de partida: no al preservativo. Ni siquiera frente a la realidad aplastante de una enfermedad que está causando millones de muertes como lo es el SIDA. Las altas esferas del catolicismo insisten en la abstención, cuando es evidente que la época que vive el mundo dista mucho de corresponderse con este postulado.

De cualquier manera y como es arduo e infructuoso intentar cambiar algunas mentalidades, lo que podemos cambiar es la óptica sobre el asunto, y tener en cuenta una serie de consideraciones.

En primer lugar, no todo el mundo es católico, por lo tanto se puede hacer la sugerencia, muy simplista aunque no por ello menos efectiva, de que los católicos guarden tanto como quieran los preceptos de su fe, sin tachar de inmoral a todo aquel que no se adscriba a su ideología. Por supuesto, los católicos ortodoxos, que nunca usarán preservativo, deberían comprometerse por escrito a no exponerse ni exponer a ningún otro ser humano al peligro de transmisión del HIV.

En segundo lugar, según hemos observado en los últimos días, dentro de la misma Iglesia Católica hay disenso acerca del tema. Por lo tanto podemos esperar que muchos católicos, guiados por el sentido común y conscientes de la alta posibilidad de incumplir con las directrices de abstinencia y/o fidelidad (la realidad demuestra lo débil que es la carne), acepten los consejos de la medicina y opten por el saludable uso del condón. Se comenta que ya muchos misioneros no dudan en distribuirlo en los países más atacados por el SIDA, lo cual demuestra un viraje a la sensatez por parte de una importantísima fracción de la Iglesia.

En tercer lugar, tengamos presente que la Iglesia Católica ha tenido que reconocer, aunque con mucho retraso, que ha cometido errores. Mil años más tarde se ha disculpado por condenar a Galileo; cinco siglos después ha lamentado las masacres cometidas por la Inquisición; cincuenta años después ha deplorado su indiferencia ante el genocidio nazi en los campos de exterminio. No sé si ya ha hecho acto de contricción por los miles de casos de pederastia cometidos por sacerdotes en las últimas décadas. Posiblemente, dentro de algunos años más tenga que pedir perdón por haber propiciado la expansión de un mal que hoy está segando vidas a mansalva.

En suma: nadie negará a los fieles católicos el derecho a actuar según sus creencias. Y digo creencias, no verdades. Pero no es aceptable que esta Iglesia, que ha errado tanto, siga pretendiendo erigirse en autoridad de la moral universal, y mucho menos de la salud. La medicina aconseja (es más, suplica) usar el preservativo como uno de los medios más seguros contra el contagio del SIDA. Su efectividad ha sido ampliamente probada por la ciencia. Insistir en contra de esta realidad equivale a poner a Galileo de nuevo en el banquillo.

Inés Álvarez



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