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Published On: Vie, Ene 28th, 2005

Todos al cine

El crecimiento que ha mostrado el cine español de los últimos años no puede pasar desapercibido. Varios directores nacionales vienen recibiendo los más importantes premios del cine europeo, sin dejar de mencionar los Oscars a que se han hecho acreedores Almodóvar y Amenábar. Muchos realizadores locales están haciendo buena letra a la hora de mejorar la calidad de nuestro cine en todos sus aspectos, aunque no falte algún tostón cuya existencia es necesaria como lo es la excepción a la regla.

Sin embargo, el público español no ve cine español. Los datos más recientes muestran que a la hora de escoger pantalla, nuestros espectadores siguen prefiriendo el cine americano. Hollywood sigue siendo el primero de la fila, mientras la producción nacional ha perdido en el último año tres millones de espectadores en favor del celuloide yankee. Lo mismo ocurre con el cine europeo en general. Las razones hay que buscarlas en la composición del público, el tipo de películas que prefiere y las condiciones del mercado cinematográfico español.

Según los estudios, el público que acude masivamente al cine es cada vez más joven. Este público prefiere las grandes producciones americanas que no lo obliguen a pensar. El cine europeo, con su carácter usualmente más intimista, suele hablar de la problemática cotidiana, del día a día de personas como usted y yo, y nos enfrenta a situaciones que pueden ser reflejos de las propias. Muy pocos soportan mirarse al espejo. Reflexionar ha pasado de moda. Los jóvenes que antes eran adalides de las revoluciones ideológicas ahora escogen sumirse en el opiáceo ensueño de naves espaciales en guerra, coches último modelo chocando en las calles de Nueva York, pulposas e invencibles señoritas vestidas como guerrilleras colombianas o rubios Aquiles y teñidos Alejandros mostrando sus torneadas pantorrillas. “Dormir… tal vez, soñar”, decía Hamlet.

Otros factores de largo alcance en esta crisis son los costes, que a la industria española se le hacen harto pesados, y las deficiencias de promoción y distribución. Mientras los americanos pueden darse el lujo de editar ingentes cantidades de copias de cada uno de sus estrenos, el cine español debe limitarse a una cantidad mínima, ajustada al escueto presupuesto con que cuentan las producciones en nuestro país. A la hora de publicitar nuevas películas, los cowboys no miran gastos, mientras que España debe apañarse con un pobre 13% del presupuesto total dedicado al cine.

No hay duda que en la desventaja con que corremos juegan diversos ingredientes. Pero más allá de los inconvenientes económicos, hay medidas que se pueden tomar: el cine debe acercarse al público, no rebajando su calidad, sino haciéndole comprender el valor de su mensaje, su importancia como disparador de reflexión, y, por qué no, arriesgándose a algunas producciones más comerciales sin caer por ello en los lugares comunes a que estamos tristemente acostumbrados. El cine español es capaz de crear muy buenos productos. Falta ahora que los españoles lo entiendan.

Inés Álvarez



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