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Published On: Jue, Feb 17th, 2005

Un día será tarde

Ayer se ratificó el Protocolo de Kyoto. Ciento cuarenta y un países del mundo se comprometieron a unir sus esfuerzos para reducir las emisiones industriales contaminantes y así intentar aminorar los daños que el “progreso” le ha venido causando al planeta. Ciento cuarenta y un gobiernos de naciones desarrolladas, con alto nivel de industrialización, han decidido cambiar su concepto del uso de energías y adoptar formas renovables y menos agresivas para el ambiente.

Sin embargo, los tres países que más polución producen en la tierra hoy día, a saber, China, India y -cómo no- los Estados Unidos, han rehusado plegarse a este acuerdo so pretexto de “no ralentizar sus economías”. ¿Es posible que frente a la situación de emergencia que vive nuestro planeta estos países no hayan advertido que también son parte de un universo cuyo deterioro puede ser irreversible? ¿De qué valdrá todo desarrollo económico cuando no quede nada ni nadie para aprovecharlo? Si los demás firmantes saben que pueden optar por procedimientos menos agresivos en el espectro global de su industria, ¿qué tipo de explotación económica hace que los tres en discordia prefieran seguir envenenando la atmósfera?

La actitud de estos países es motivo de discusión y aguda preocupación entre los sectores medioambientales y la opinión pública. Una vez que casi todos los mayores constructores del efecto invernadero y del agujero de ozono se han concienciado de que urge tomar medidas contra la destrucción total de nuestro entorno, resulta violento que haya quienes se encojan de hombros ante la señal de alarma general.

La mayoría de las explotaciones económicas pueden seguir funcionando mediante energías de las llamadas “limpias” , como son la eólica y la solar. La mayoría, digo, porque hay algunas que sólo pueden seguir en marcha usando petróleo y carbón. Éste es el caso de la industria metalúrgica, por citar un ejemplo. La industria metalúrgica es la pieza fundamental de la automotriz, de la aeronáutica, de la aeroespacial… pero también de la armamentista. Habría que indagar cuál de ellas es la que lleva a los tres desentendidos a sostener contra viento y marea su indiferencia hacia el resto del mundo.

A riesgo de ser reiterativa, quiero cerrar esta reflexión con una idea que ya he planteado otras veces, pero que sigue siendo tema de la más candente actualidad: no podemos seguir jugando con la Tierra. Por más excursiones al espacio que se organicen últimamente, la posibilidad de mudarnos de planeta es muy remota. Y acabaremos con éste antes de poder hacer las maletas para el viaje a Saturno. Aquellos que hoy responden con un gesto despectivo a la necesidad mundial de abrir los ojos tendrán que despertar alguna vez. Pena que esa vez ya será tarde.

Inés Álvarez



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