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Published On: Mie, Abr 6th, 2005

El Papa conservador

Ahora que estamos saturados con información sobre el fallecimiento del Papa ya han empezado a aparecer los análisis sobre el papado que termina, el tercero más largo de la historia de la Cristiandad.
Junto a los lamentos por la pérdida de un ser humano tan particular ya se empieza a analizar cuáles han sido las directrices que Juan Pablo II ha impuesto en la Iglesia católica romana.

Vaya por delante que mi postura frente a la Iglesia católica romana vacila entre la crítica y el simple desprecio. Predicar la pobreza desde el púlpito de San Pedro, rodeado de mármoles y estatuas de oro no es otra cosa que puro sarcasmo; igual que la actitud de la Iglesia en su conjunto, convertida en una máquina de poder que, por ejemplo, en España controla casi el 40% de la educación obligatoria sostenida con fondos públicos o que tiene en su base ideológica-histórica la destrucción del becerro de oro mientras saca en procesión sin sentir rubor alguno costosísimas tallas de madera cubiertas con mantos bordados en oro y rodeados de miles de euros en flores.

En este último cuarto de siglo, encima, la dirección ideológica que el último Papa ha impuesto a la Iglesia católica romana no hace sino ahondar en esa separación de la doctrina básica y acentuar los rasgos ultraortodoxos de la más rancia tradición católica.
El constante recuerdo de Juan Pablo II hacia los jóvenes no es, en realidad, más que un deseo de no perder influencia entre un sector, la juventud, que pasa olímpicamente de las doctrinas que los ideólogos vaticanos, con el ultraconservador cardenal Ratzinger a la cabeza, tratan de imponer. La ridícula postura de la jerarquía católica frente al preservativo, por ejemplo, no sólo demuestra lo alejados que están de la realidad social y de las necesidades y peligros que acechan a un tercer Mundo corroído por la plaga del SIDA sino que genera un evidente rechazo entre los jóvenes y, es más, entre muchos de los propios católicos. La prueba más evidente de esto es el cada vez menor porcentaje de jóvenes que se declara católico practicante y que según algunas encuestas se sitúa en torno al 12%. Para comprobarlo no hay más que entrar cualquier día en una iglesia y extraer la media de edad de los concurrentes.

Junto a esa línea política interna, la política externa no ha podido ser más desazonadora. Allí donde la Iglesia católica se ha visto inmersa en conflictos bélicos donde la religión determinaba los bandos (en algunas regiones de África y del Lejano Oriente), las posturas del Vaticano se han dirigido a garantizarse el triunfo de “los suyos” olvidando cualquier pretensión ecuménica o aquello de poner la otra mejilla.
Cuando algún grupo de sacerdotes se ha intentado poner del lado de los débiles o de los pobres ha sido ninguneado y marginado hasta la humillación por la jerarquía vaticana, como le ocurrió a los defensores de la “teología de la liberación”.
Especialmente vergonzosa es la postura mantenida por la jerarquía católica respecto al terrorismo nacionalista vasco, poniéndose de lado de los terroristas y contribuyendo a la humillación de las víctimas.

Por lo demás, los mitos que se han generado alrededor de este Papa, lo de “primer papa mediático” o “martillo del telón de acero” no son más que interpretaciones interesadas de un hecho evidente: los tiempos cambian y la Iglesia sigue ahí, con esa innegable habilidad para seguir cercana al poder y asegurarse su pervivencia e influencia por los siglos de los siglos.

Éste es el momento de evaluar cuál será la línea a seguir por el para que será nombrado en el cónclave que comenzará dentro de unos días y, téngalo por seguro, habrá más de lo mismo. Hay demasiado dinero y poder en juego para lanzarse a aventuras aperturistas.

Moderador



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