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Published On: Mie, May 4th, 2005

Mi querido enemigo

Que a uno sus oponentes lo pongan por los suelos, es algo normal. Pensemos si no en el ya clásico PP vs. PSOE. Pero otra cosa muy distinta es que uno de los tuyos te haga picadillo… en especial si se trata de tu propia esposa. Un ejemplo de esta difícil situación ha sido el reciente discurso humorístico que la Primera Dama de los Estados Unidos hizo sobre su esposo en una importante reunión política.

El pasado fin de semana, la sencilla, sumisa y callada señora Bush salió del armario (en el sentido de mostrar sus talentos en oratoria, no me malentiendan). Subió al escenario donde se encontraba reunida la plana mayor de la política americana, incluido Georgie, y con una soltura que envidiarían los mejores actores de Hollywood lanzó una parrafada humorística de alta calidad, que hizo desternillar de risa a toda la concurrencia… excepto al apaleado marido.

Lady Bush se despachó a gusto sacando sus trapitos más sucios al sol; sin pelos en la lengua calificó al bueno de George como el tío más aburrido del planeta Tierra y sus alrededores, y a su propia suegra como a “La Mamma” de El Padrino. Confesó cuánto le costaba lograr que su esposo participara en reuniones y saraos del mundillo político (a los que por cierto no puede faltar como Presidente) y contó que muchas veces, mientras ella cumplía con la representación diplomática de la familia, su maridito no encontraba mejor plan que irse a dormir temprano como los pájaros.

El discurso, lo haya escrito la misma señora Bush o un profesional encargado del tema, fue una verdadera joyita. Pero lo que más asombró al público fue, sin duda, la calidad histriónica de la hasta ahora ignota dama. Dado el tenor de sus palabras, no sé si las habrá preparado como fina venganza después de una riña conyugal, o, al igual que su colega, la señora Clinton, pretende ahora subir por sí misma al estrellato de la política. Lo cierto es que ha demostrado un sorprendente talento, antes encubierto por una humildad que quizás ya sea hora de abandonar. Se sabe que doña Bush es una mujer culta y refinada: ¿no le habrán llegado los quince minutos de fama para sus virtudes?

Por supuesto, así como no puede disimular su carácter opiáceo, George Bush no fue capaz de ocultar el disgusto que las palabras de su fiel esposa le produjeron. Pretendió salir del paso con una sonrisita forzada que no fue suficiente para disimular su expresión de “en casa hablamos, querida. Las palabras de su linda mujercita se le habían quedado atravesadas como un hueso de pollo en mitad de la garganta.

En fin… una anécdota interesante que muchos recordaremos con alegría. Menos nuestro heroico vaquero, claro, quien a estas horas debe haber aprendido una dura lección: el peor enemigo es el que sale de tu propia casa. Salud.

Inés Álvarez



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