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Published On: Jue, Feb 8th, 2007

La suerte impuesta

Imagine que lleva una vida sencilla y tranquila. Imagine que se levanta temprano, desayuna, va a trabajar, almuerza, habla por teléfono con sus amigos, ve la tele y se acuesta. Ahora imagine que un día su hermana le dice que se va a casar con el Príncipe de Asturias. ¡Vaya! Al principio se alegra por ella, porque ver a su familia feliz es lo que más puede alegrarle en este mundo. Pero sucede que su vida empieza a no ser tan sencilla ni tan tranquila. Empieza a sufrir ataques de personas armadas de micros y cámaras que le plantean estupideces. Le preguntan por la relación de su hermana. Y, lo que es peor, le piden explicaciones sobre su propia vida sentimental, como si eso guardase alguna relación con el noviazgo del Príncipe.

Pasan los meses. Su hermana se casa. De repente, es usted la hermana de la Princesa de Asturias. Qué cosas. Después viene el embarazo; de nuevo, en el ojo del huracán. Le toca estar de moda, salir en la tele, hablar y opinar, aunque no quiera. Afortunadamente, poco a poco, la situación se va calmando. Un día piensa en llamar por teléfono a su hermana. Le apetece ir de compras y almorzar con ella para pedirle consejo sobre un chico que le gusta. Además, su hija quiere ver a su tita. Hace mucho que no la ve. Al final se decide y marca el número. Esta vez, incluso, es capaz de aguantar el maldito protocolo de seguridad, que desvía la llamada de un lado a otro durante varios minutos. Al final consigue hablar con ella, pero le dice que es imposible. Tiene que coger un vuelo privado para asistir a una presentación oficial en San Sebastián. Qué lastima. Cuelga el teléfono y se da cuenta de que su hermana se ha convertido en princesa. Y que ya no es su hermana, sino un personaje importantísimo de la vida social del país. Si quiere saber cómo le van las cosas a su familia, es mejor ir al quiosco y comprar alguna revista.

Tres semanas después esas mismas revistas le cuentan que su hermana vuelve a estar embarazada. Usted no es princesa, aunque como todas las niñas, algún día soñó con ello. Vuelve a casa, a un barrio normal, en el que nada ni nadie llama la atención. Está nublado. Lleva bajo el brazo una bolsa con dos barras de pan y una revista con la foto de su hermana en la portada. En el portal le espera una nube de reporteros y cámaras. Otra vez. Hoy se siente triste, no tiene ganas de hablar. Ofrece una sonrisa forzada, responde algún monosílabo. Parece que su nombre sólo importa cuando ella escala puestos en la actualidad.

Por fin entra en casa. Vacía. Silencio. Su hija no está hoy. Deja el pan en al cocina. Apenas tiene dos horas para comer y volver al trabajo. Suena el teléfono. Duda antes de cogerlo. Decide que si es la prensa colgará sin contemplaciones. Es el chico con el que sale. Le cuenta que tiene que trabajar el sábado por la tarde. No podrán ir a cenar. No pasa nada, dice ella. Después te veo. ¿Te has enterado de lo de tu hermana?, pregunta él. Sí, responde ella, de forma lacónica. Se despiden. Suelta el auricular, pasea por la casa, sin rumbo fijo. El espejo le cuenta de que dos gruesas lágrimas recorren sus mejllas. No para de llorar; no sabe muy bien por qué. Siente un pinchazo agudo en el estómago. Es la pena, que ha vuelto. No puede soportarlo. Necesita descansar. Imagine que va al baño y coge algo que le ayude a relajarse. Imagine que se tumba en el sofá. Y que se queda dormida. Y sueña entonces que se convierte en princesa de cuento de final feliz. Descanse en paz.

Fco. Javier Sánchez Manzano www.lukor.com



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