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Ríos y rápidos y osos |
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Era fácil de ver. En su hoja médica decía que no podría cargar canoas. Me había enviado una foto mostrando a tres personas llevando una canoa sobre sus cabezas. Parada entre otras dos, Maxine no podía llegar a la altura suficiente como para ayudarlas.
Aún si no hubiera sido tan "pequeña", Maxine habría sido fácil de reconocer en una multitud. A sus setenta y un años de edad caminaba con paso decidido y se vestía siempre con equipo deportivo, comprado en la sección de caballeros. No daba el tipo de la "vieja dama". "Arrojada" es el término que me viene a la mente, pero sólo si me hace pensar en un Terrier Jack Russell, valiente, con personalidad. "¿Cómo supiste que era yo?", me hizo un guiño cuando me acerqué a ella al atravesar el portal del aeropuerto.
"Antes medía 1,50, pero luego me encogí esos j...... cinco centímetros", me explicó Maxine durante la cena con el grupo esa misma noche. Nos preparábamos para cinco días de aventura río abajo por el Roguer, en Oregon. El grupo, compuesto enteramente de mujeres de más de cuarenta, estaría acompañado por tres balseras guías, tres o cuatro décadas más jóvenes que ella. Si las guías estaban pensando que iban a acompañar a unas "pequeñas viejecitas", se llevarían una buena sorpresa.
Además de nuestras tres canoas, llevábamos dos kayaks inflables. Cada día se nos daba la opción de ir en una canoa con guía o capitanear nuestra propia embarcación. Era a fines de mayo, y a pesar de que teníamos un clima perfecto, las canoístas usábamos trajes impermeables y los manteníamos cerrados. Un baño habría sido... vigorizante, por decir lo menos. Maxine fue una de las primeras que se prestaron como voluntarias a la experiencia. El hecho de no haber subido nunca a un kayak no la arredró. Yo contenía el aliento al verla descender los rápidos, pero ella manejaba el bote como una profesional. "Me gusta aprender activamente", nos explicó; "creo en el 'proceso' que incluye adquirir habilidades que me desafíen con proezas físicas, mentales y éticas... por esa razón estos viajes son la experiencia perfecta para mí". Vaya afirmación proveniente de una mujer dispuesta a usar un casco púrpura y traje de neoprene.
Mientras íbamos río abajo, nuestras guías habían armado un campamento en territorio salvaje: ésto nos ponía un poco nerviosas, pero igualmente deseosas de llegar allí. Se había construido un "recinto" con un cable eléctrico para guardar nuestros alimentos. Yo dudaba de la efectividad del sistema, sospechando que algún oso merodeador no se vería desanimado por el shock, pero me guardé mis pensamientos. Cuando era veinte años más joven, pasé un par de maravillosos meses en el Parque Nacional Yosemite. Los osos negros eran visitantes asiduos al campamento y nunca dejaron de aterrorizarme. Un oso negro en un campamento sería la guinda del postre.
Esa noche durante la cena, Wendy, nuestra joven guía canoísta, estuvo a cargo de la "conferencia sobre osos". Se nos advirtió que colocáramos nuestros necesers dentro del recinto eléctrico. Los osos no tienen reparos en hacer un agujero en tu tienda con sus zarpas de diez centímetros para engullirse tu pasta dental y manotear tu barra de desodorante de debajo de tu almohada. Cuando la charla avanzó hasta tocar el tema de las mujeres que estuvieran menstruando dentro de territorio de osos, un grito partió del grupo: "¡Ése no es un problema en este campamento!". Pobre Wendy: con sus mejillas ahora de un bonito tono carmesí, explicó que nunca había guiado una excursión de "mujeres mayores". "No te preocupes por eso, querida", la consoló una de nosotras; "los estrógenos están sobrevalorados".
Al despertar a la mañana siguiente descubrimos que los osos habían encontrado presas mejores en otro sitio y no nos habían molestado. El único que vimos, vagando por la orilla del río el día anterior, debía haber encontrado un grupo más oloroso de excursionistas a quienes molestar. Sentadas en nuestras sillas de cámping, sorbiendo nuestros tes y cafés del desayuno, nuestra "área de cocina" se vio invadida de pronto por un pequeño rebaño de ciervos. Seis ejemplares jóvenes salieron correteando de entre los árboles y persiguiéndose los unos a los otros pasaron junto a nuestras tiendas salpicando arena y dando dos vueltas a nuestro alrededor antes de regresar al bosque. ¿Quién necesita osos de medianoche cuando su desayuno incluye Bambis?
Las mujeres del grupo seguían asombradas por las explosiones de Maxine, su valor para enfrentar los rápidos por sí sola, su vívido sentido del humor, su mente abierta a nuevas ideas y situaciones. La única queja que le oí expresar en todo ese tiempo tenía que ver con la altura de las sillas. Otra mujer de nuestra partida, admirable ella también, después de oír las felicitaciones que le hacían a Maxine, me susurró: "No sé cuál es la maravilla: ¡apenas tiene dos años más que yo!"
Tenía razón: Maxine era la mayor del grupo con apenas dos años más, así que no era tan extraordinaria, PERO era la única del grupo cuyos pies no llegaban al suelo al sentarse en una silla, y seguramente éso cuenta. Pero repito, de ella aprendí que no es el "envoltorio" lo que importa, sino lo que hay dentro. Henry Ford dijo una vez: "Lo que pienses que puedes o no puedes hacer, éso será lo que puedas o no puedas hacer". Maxine sabía que ella podía.
Recordaré a Henry Ford y a Maxine cuando me llegue el momento de encogerme "cinco j...... centímetros".
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