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La invasión de Mallorca

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La isla de Mallorca es la más grande de la cadena Balear, que está situada frente a la costa mediterránea este de España. Gracias a su topografía escarpada, su clima balsámico y su encanto arquitectónico, Mallorca ha sido la favorita de los turistas europeos desde comienzos de los '60. Muchos americanos han visitado la isla también, aunque no tienen la ventaja de las excelentes tarifas aéreas y ferroviarias con que cuentan los europeos.

La historia de las Baleares es rica y culturalmente diversa. Los numerosos puertos protegidos de estas islas las ha convertido en una parada lógica a lo largo de las rutas comerciales marítimas durante siglos. Como consecuencia, se puede apreciar al influencia de África, Asia y diversos pueblos de Europa en la cultura nativa.

Los años '60 vieron llegar un flujo masivo de turistas de Francia primero, luego de Inglaterra y finalmente de Alemania, a medida que el dictador Francisco Franco flexibilizaba su política exterior en los últimos años de su vida. Los franceses fueron los primeros turistas que "invadieron" la isla y se enamoraron de ella. Dado que los mallorquines nunca aceptaron completamente el dominio de España y siempre se consideraron en primer lugar mallorquines y luego catalanes, aceptaron a sus vecinos franceses con gusto. Los mallorquines son capitalistas por naturaleza; por lo tanto, refunfuñan ante la llegada de los turistas, aprenden sus idiomas rápidamente y encuentran la forma de llevarse su dinero.

En una escala mayor y menos atractiva, la "invasión inglesa", que llegó en los '60 tardíos, estuvo acompañada por una poco reglamentaria construcción de albergues turísticos baratos y clubes nocturnos. Afortunadamente esta clase turística económica tiende a buscar sol, arena y sexo, y han probado quedar satisfechos con uno o dos infames pueblos costeros diseñados para su placer. Muchos de los jóvenes turistas ingleses que contrataban "paquetes" vacacionales, se pasaban sus quince días bebiendo y persiguiendo al sexo opuesto en el pueblo de Magaluf, y nunca se aventuraban más lejos. Este arreglo funcionó relativamente bien para los isleños durante veinticinco años. Los horribles turistas rara vez invadían sus casas. El gobierno de Mallorca, para su crédito, aprendió una lección de este período de desarrollo descontrolado y se ha vuelto ahora bastante estricto en cuanto a las nuevas construcciones. Ya no se ven esos monstruosos bloques deficientemente erigidos que eran comunes 30 años atrás. Esos edificios tan poco atractivos están siendo gradualmente reformados o reemplazados.

Los turistas adinerados cavaron sus refugios en la dramática costa noroeste, desde Estrellencs a través de Valldemosa, Deia y Soler. Aquí se tuvo cuidado de preservar la belleza de las fincas, y muchas de ellas se convirtieron en hoteles exclusivos. Este área siempre fue más exclusiva que las regiones más accesibles de la isla, debido a la barrera puesta por la Sierra de Tramontana, que separa la región del resto de la isla. Hasta los últimos años '90, cuando la Comunidad Europea comenzó a otorgar subvenciones para el desarrollo de varias regiones, incluso las rutas principales que conectaban los pueblos de la costa noroeste de Mallorca eran muy estrechas y estaban mal conservadas. El viaje hasta Deia desde el aeropuerto de Palma tomaba una hora, aunque la distancia real es de apenas unos 30 km. en línea recta. Ahora, sin embargo, las nuevas carreteras han hecho el viaje mucho más fácil.

Hoy Mallorca es el hogar de unos pocos expatriados de Inglaterra y América, pero muchos de esos viejos residentes se marcharon con la "invasión alemana". Cuando la Unión Europea se hizo una realidad en los '90, los alemanes, temerosos de perder dinero con la equiparación de las monedas europeas comenzaron a afluir a Mallorca gastando sumas exorbitantes en la compra de propiedades y negocios donde las tasas de cambio estaban a su favor. El resultado global de la inversión alemana fue una rápida y masiva inflación. Ahora, más de diez años después, ningún mallorquín nativo puede permitirse comprar una propiedad. Al entrar a un restaurante, los turistas son recibidos en alemán. Después de ver que el visitante no es alemán, los camareros se relajan visiblemente, y si el viajero habla español o mallorquín, a menudo se permitirán una breve charla de "aporreo a los alemanes".

Los efectos negativos del turismo se colaron hace tiempo en la misma esencia de la vida en Mallorca. Ahora, con la dramática subida de los precios, los nativos no sólo no pueden comprar propiedades, sino que aquellos que las tienen deben pagar fortunas por su mantenimiento, ya que los salarios se han incrementado para compensar. Los alemanes se han convertido en vecinos fríos, fortificando sus propiedades con paredes impenetrables para detener las miradas curiosas.

Ahora, sin embargo, las ventajas financieras de los alemanes se han evaporado, y los otros residentes extranjeros están esperando a que el precio de la propiedad vuelva a un nivel más accesible.


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