A la llegada a Delhi en marzo la temperatura era algo más alta que en Europa, alrededor de 30ºC, pero sorprendentemente no era desagradable, debido a la falta de humedad. Como esta era nuestra tercera visita a Delhi, el ajetreo y el bullicio humano, los porteadores oteándo para llevar nuestro equipaje y el sentimiento general de caos organizado no nos tomó de sorpresa. De cualquier modo había habido algunos cambios desde nuestra última visita. Conducir en la ciudad tomaba menos tiempo que antes, creo que era poqur la carretera había sido ensanchada en algunas zonas y la ampliación de la red de metro habia reducido el tráfico en una cantidad insignificánmte minúscula pero apreciable.
En otros aspectos, el viaje era exactamente igual; los tuk tuks pasaban zumbando llendo y viniendo en su tráfico particular, cientos de bicicletas y motocicletas, cada una con más de dos pasajeros, autobuses y camiones sobrecargados y el coche ubicuo del Embajador. Sin embargo ahora hay más vehículos privados en las carreteras que antes, siendo Tata el favorito, manufacturado por la empresa gigante antes conocida solo por sus camiones, pero que ahora fabrica coches familiares asequibles y que tiene una rama exterior en el negocio de las telecomunicaciones.
La bienvenida en nuestro hotel, como siempre en los buenos hoteles de la India, fue impecable y pronto estabamos acomodados en el bar con una cerveza helada y sumidos en una profunda conversación en el increíblemente bien educado camarero sobre, entre otras cosas, la política India y el crecimiento de los negocios internacionales en esta parte del mundo.
Tras otra cerveza empezamos a tener un poco de hambre, los efectos de nuestro desayuno se habia pasado. La especialidad aqui era la cocina china, asi que optamos por unos langostinos en una maravillosa salsa de chile y ajo además de unos camarones envueltos en crujiente pasta filo y delicadamente servido, cañaco con una salsa ligera, algo dulce y algo picante. Pero, ¡basta de comida china, después de todo estamos en India!
Esa misma noche comimos un plato de pollo tandoori bien especiado. Para acompañar la carne elegimos Tarka dal (lentejas rojas condimentadas con comino, ajo, jengibre y pimiento) Zauk-e-Shahi, que nos dijeron que se traducía como postre de los reyes y que es una leche, con azafrán y una bola de masa hervida reducidos con algo similar al requesón y con semillas de amapola incrustadas. Sinceramente fue una comida maravillosa, a lo que contribuyó la amabilidad del servicio y su alegría por que nos interesase lo que comíamos y cómo estaba cocinado. Les sorprendió saber que en occidente también cocinamos comida india en casa.
El segundo día, después de un desayuno tipo buffet en el que satisfacimos todos nuestros gustos y nuestras necesidades dietéticas nos dirigimos al aeropuerto para volar a Udaipur. Como tardamos mucho en facturar y el vuelo llevaba algo de retraso, tuve que probar las samosas, por menos de una rupia las dos, si la memoria no me falla. Además eran muy sabrosas y nada grasientas, algo asombroso para un tentempié de comida rápida en cualquier país.
A la llegada Udaipur, de nuevo nos impactaron los colores brillantes usados por las mujeres Rajastanís, losa impactantes rosado y anaranjado y el predominante amarillo. Haciendo negocios en las estrechas y serpenteantes calles en las que la mayoría de las tiendas se engalanan con los mismos saris del color del arco iris.
Nuestro hotel era parte del complejo del Palacio de la Ciudad, todavía parcialmente ocupada por el mismo Maharaná, y su principal atración, aparte del palacio en sí mismo, que era un bar y restaurante al aire libre emplazado al borde del lago Pichola, con vistas a todo el lago y en particular al Hotel del Palacio del Lago, famoso por la película de James Bond, Octopussy. La vista desde esta terraza de la puesta de sol reflejándose en el lago y el destello de la luces de Palacio del Lago es realmente algo que merece la pena ver, pero en esta noche en particular, el espectáculo de la puesta de sol fue interrumpido primero por un elefante ataviado con su silla de montar pero sin pasajero, seguido inmediatamente por un procesión de varios coches clásicos deportivos europeos y despues por una banda de música. Aparentemente los conductores de los coches clásicos estaban de gira por la India y habían sido invitados por el Maharaná a un banquete. Como consecuencia, fuimos también invitados a la procesión, la música y los fuegos artificiales hasta bien entrada la noche.
A sabiendas de que habrá menos opciones en algunos de nuestros otros destinos, seguimos la ruta china para la cena que consistió en pollo frito en salsa de chile, crujiente de oveja rallado y con limón, miel y chile aderezado con salsa agridulce y hortalizas, pimiento rojo y verde, coliflores y guisantes.
A la mañana siguiente hicimos la visita turística, un viaje en coche por el lago Pichola, el Jardín de la Princesa y el Palacio de la Ciudad de los cuales no hay nada con demasiado interés para describir aquí. El almuerzo fue samosas pakora y verduras, se sirve con una salsa de chile y regado con más cerveza.
Después de la bebida obligatoria de la puesta del sol, para cenas elegimos Seekh Kebab (cordero picadito y con especias), Khumb Palak (setas hervidas en puré de espinacas con hierbas aromáticas y especias), Dal Dhaba (lentejas verdes con comino, cebolla y tomate) y Tandoori Khatta Aloo (patatas marinadas en yogur fermentado y especies indias aromáticas cocinadas en Tandoor). Para rebañar todo esto teníamos Kulcha, es es un pan relleno de cebolla y pimiento verde y después frito, ¡absolutamente maravilloso!