© ACNUR/M.Senelle. Liya Hiele, refugiada eritrea, con camiseta de rayas, y  Yordanos Heyabu, solicitante de asilo se agradecen mutuamente el apoyo que se han dado de camino a la comisaría de policía de Kampala, donde Yordanos ha registrado su presencia en el país. Las dos mujeres están unidas por una historia común de exilio.

KAMPALA, Uganda, 11 de abril de 2013 (ACNUR/UNHCR) – El modo en que se aproximan sus cabezas cuando hablan, su silenciosa camaradería, la facilidad con la que el niño pequeño pasa de unos brazos a otros… Liya y Yordanos parecen y actúan como madre e hija. De hecho, hace apenas cinco semanas que se encontraron.

Fuera de la oficina gubernamental de registro de refugiados en la capital ugandesa, las dos mujeres eritreas están sentadas en bancos de madera bajo un toldo entre una multitud de pacientes solicitantes de asilo. “Lo mejor que puede hacer la gente eritrea aquí es ayudarse mutuamente” dice Liya mirando afectuosamente al hijo de su protegida, Noah, de dos años, que está persiguiendo pollos en el patio.

“Están contigo cuando estás vivo y también después de la muerte” añade Liya. “Lo último que harán, cuando uno de nosotros muera, es recaudar dinero para enviar nuestros cuerpos de vuelta a Eritrea”.

Estar apoyada por completos extraños es, quizá sorprendentemente, algo habitual en una ciudad que está sometida a una intensa urbanización y que se enfrenta a un aumento paralelo del número de solicitantes de asilo y refugiados. El apoyo de la gente de la comunidad se ha convertido en una red de seguridad vital. Es por esto por lo que Liya vino al centro de registro con Yordanos, Noah y otra familia eritrea de cuatro personas, para ofrecerles el mismo apoyo que un día recibió ella y para ayudarles a desenvolverse en los procedimientos administrativos.

“En estaciones de autobús masificadas la gente se reconoce por los rasgos físicos” dice Maria Mangeni, trabajadora de servicios comunitarios de ACNUR en Kampala. “Los conductores de autobús, vendedores y ciudadanos les ayudarán a encontrar a sus parientes” explica. “Les presentan a alguien, que a su vez les presenta a otra persona y pronto tendrán un lugar donde estar”.

Esto es lo que le pasó a Liya cuando huyó de Eritrea hace cinco años con sus dos niños. Dijo que estaba siendo perseguida por el gobierno por ayudar a su hijo mayor a evitar el reclutamiento militar obligatorio cuando tenía 16 años, dos menos de lo que permite la ley. Huyó primero a Juba, en Sudán del Sur, un lugar que le resultó duro e inseguro. No sabe qué habrá ocurrido con su hijo y su marido después de que ella saliera de Eritrea.

“No tenía absolutamente nada” recuerda de su tiempo en Juba. “Algunos eritreos que conocí allí recopilaron dinero para pagar el autobús a Uganda para mí y los niños. Me dijeron que era un lugar pacífico y con buenas escuelas. Entonces llamaron a amigos que vinieron y me dieron la bienvenida”.
Desde 2006 Uganda ha permitido a los refugiados vivir donde quisieran en Kampala, siempre y cuando pudieran apoyarse unos a otros.

“Para que se les permita quedarse en la ciudad, los refugiados tienen que demostrar que pueden permitirse pagar la comida, el alquiler y ofrecer una educación a sus hijos” dice Apollo Kazungu, comisionado ugandés para los refugiados.

Esto también implica que reciben menos ayuda humanitaria que si escogieran vivir en asentamientos de refugiados en otras zonas de Uganda. Y aunque las ciudades a menudo ofrecen más oportunidades laborales, lograr una seguridad económica es un gran reto. Ante estas circunstancias, las redes sociales se han convertido en la piedra angular de las estrategias de supervivencia de las personas desplazadas.

“Todo lo que tengo ahora es lo que me han dado” dice Yordano en un perfecto inglés. “Cuando llegué, un amigo en Kampala me dio el contacto de Liya y le dije que necesitaba un alojamiento. He estado viviendo en la habitación de Liya con Noah desde entonces”.

El segundo hijo de Liya encontró trabajo en una cafetería y está manteniendo a toda la familia, pagando el alquiler, comprando la comida y cubriendo los gastos escolares de su hermana. Yordanos espera poder encontrar trabajo pronto y compensar la generosidad de su vecina. Mientras tanto está haciendo lo que puede en su precaria situación. Sus habilidades lingüísticas son una gran baza en la oficina de registro, a donde acude discretamente ofreciéndose como intérprete para otras familias eritreas.

“Los etíopes y los eritreos, probablemente debido a las barreras del idioma y a las terribles circunstancias que han vivido, lo pasan peor cuando llegan” apunta Mangeni, de ACNUR. “Pero raramente vienen a nosotros en busca de ayuda. Cuando lo hacen, estoy segura de que es porque están entre la espada y la pared. Son fuertes, nunca se rinden. Incluso si sólo les quedara un trozo de pan lo compartirían”.

Y así, a través de la dureza de la supervivencia diaria, Liya encuentra fuerzas gracias a sus vecinos. Intercambiando otra mirada con Yordanos, dice de forma tranquila en su lengua materna: “Yfetwom, yfetweni. [Les quiero, me quieren.]”

Por Melanie Senelle en Kampala, Uganda

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here