Seis meses después, su hijo Aysa, de 11 años, se encuentra en el campamento de refugiados Bab Al Salama, en la frontera norte de Siria con Turquía. La familia vive en un pequeño cuarto de cemento.

“Ahora no sonreímos, después de que mi padre murió. Pasamos los días caminando en el barro, buscando comida y agua”, dice.

“Mis hijos no están recibiendo muchas cosas básicas aquí, como una educación adecuada o libros”, dice. “Están en retroceso”, dice Raya, la madre de Aysa.

“Yo quería ser profesor, pero ahora ¿dónde está la escuela para aprender?”, dice Aysa.

La muerte de su marido significa que Guan debe preocuparse sola de cómo va a mantener a sus hijos, ya que todos ellos son menores de 13 años.

“Después de que mi marido muriera”, dice, “me quedé con cuatro hijos pequeños. Por supuesto, ellos no pueden tener trabajo, ya que son demasiado pequeños. Me siguen pidiendo dinero para la ropa y otras necesidades, y yo no puedo hacer nada al respecto”.

Tratar de superar la situación

Con el fin de generar ingresos, muchos refugiados de los campamentos han recurrido a la venta de dulces, refrigerios y otros productos como velas y jabones.

Ibrahim Abdel Ghani fue conductor de ambulancias en Alepo, antes de que la guerra se extendiera por su barrio. Ahora vende falafel en un puesto improvisado en el barro. Su hijo Mohammed, de 12 años,  intenta ayudar vendiendo en el campamento paquetes pequeños de galletas,  con poco éxito.

“Vendemos dulces y galletas y tratamos de ayudar a nuestro padre”, dice. “No estamos ganando mucho, la gente solo nos da propinas”.

Necesitamos ropa y alguien que arregle el cuarto de baño”, dice, “pero lo que queremos con más urgencia es comida”.

campamento turquia

Jugar como terapia para los niños

Samir Belshi, que era profesor de arte en Damasco, está trabajando para una ONG que trabaja para que los niños jueguen en tiendas de campaña especialmente construidas.

“La mayoría de los niños tienen los mismos problemas, debido a la violencia y la destrucción”. “Si ven un avión, empiezan a temblar y se asustan. Tienen miedo de cualquier ruido fuerte, incluso del sonido de un automóvil”, añade Samir.

Las paredes de la oficina de Belshi están adornadas con obras de arte de los niños. Los dibujos muestran el horror que han vivido.

Los niños son inocentes. No han hecho nada malo. No han destruido nada ni han derramado sangre. Pero ellos están pagando el precio”.

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