El enésimo fallo en la central eléctrica de Guri ha provocado esta vez un apagón a escala nacional en Venezuela momentos antes de las cinco d ela tarde. Mientras que los cortes en el suministro son cada vez más frecuentes y los venezolanos se han habituado a vivir sin las ventajas de un servicio eléctrico fiable, normalmente Caracas se estaba salvando de estos apagones pero esta vez el apagón ha sido general y ha afectado a casi todos los estados y a la propia capital venezolana y a su área metropolitana (aproximadamente tres millones de personas).

El apagón ha afectado a los usuarios particulares y a las empresas y servicios públicos: el teléfono estaba cortado y el Metro quedó inmediatamente bloqueado; incluso los edificios más altos se quedaban sin agua.

Una vez que se produjo el apagón, ante la posibilidad de que se prolongase varias horas, cientos de miles de caraqueños se unieron en grupos para volver andando a sus barrios de la periferia antes de que cayese la noche. No hay que olvidar que la capital venezolana ya es la ciudad más violenta del mundo sin necesidad de apagones o desórdenes públicos significativos.

El presidente Nicolás Maduro, en una intervención por radio y televisión (que casi nadie pudo seguir, lógicamente), culpó del apagón a lo que él llama “la guerra eléctrica” y que consiste en que potencias extranjeras encabezadas por Estados Unidos están realizando una acción planificada, a base de sutiles sabotajes (incluso usando iguanas o provocando sequías) para dañar el sistema eléctrico del país.

En ningún caso desde instancias oficiales se atribuye el fallo a falta de mantenimiento de las instalaciones o a la imposibilidad de adquirir las piezas de recambio necesarias en el extranjero por la falta de divisas y la debilidad de la moneda local (el bolívar está sumido en una espiral inflacionista totalmente descontrolada).

Por supuesto, la administración dirigida por Nicolás Maduro ni se plantea que detrás de todos estos problemas eléctricos también pueda haber casos flagrantes de corrupción en los que los escasos fondos destinados al mantenimiento del sistema eléctrico acaban en los bolsillos de camaradas bolivarianos (o en sus cuentas bancarias en el extranjero).

A la caída del sol, las tiendas que todavía siguen funcionando cerraban sus persianas mientras riadas de trabajadores volvían a pie hacia sus hogares. Las estaciones de tren y el Metro permanecía cerrados y el aeropuerto de Maiquetía desviaba los aviones hacia otros destinos donde sí hubiese luz eléctrica.

De fondo, el ruido de cacerolas en los balcones sonaba como protesta ante el empobrecimiento brutal de una Venezuela en caída libre.

Algunos ya se atrevían a gritar contra Maduro.

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