Cuando Gran Bretaña entró en confnamiento para detener la propagación del coronavirus el año pasado, hubo que aceptar una serie de factores atenuantes al evaluar el desempeño del gobierno. Sí, el país había sufrido el peor número de muertes en Europa y la peor crisis económica, pero Boris Johnson había «seguido a la ciencia», retrasando el cierre por consejo de los asesores médicos y científicos de su gobierno. En términos más generales, Gran Bretaña, como en todas partes del mundo en ese momento, estaba siguiendo su propio camino en la oscuridad. Puede que haya tropezado más que la mayoría, costando muchos miles de vidas, pero para el verano parecía haber recuperado un poco la compostura, al igual que la mayoría de los demás países europeos.

Nuevo confinamiento en Inglaterra

Sin embargo, hoy, otra vez, Gran Bretaña está fallando. Al dirigirse a la nación anoche, Johnson advirtió que la COVID-19 se estaba expandiendo desenfrenadamente por todo el país, con los hospitales en riesgo de verse colapsados, al imponer un tercer confinamiento nacional en nueve meses después de semanas de presión desde sectores médicos para endurecer la respuesta del gobierno.

La respuesta de Johnson y su gobierno, como la mayoría de las segundas partes, está siendo peor. Desde el comienzo del brote la primavera pasada, entendieron la amenaza de una segunda ola en el invierno. Pero Johnson entonces «seguía a la ciencia» asiduamente; esta vez se ha desviado de la línea de sus asesores científicos y médicos, que lo han estado presionando para que se mueva con más fuerza durante semanas, si no meses.

La segunda ola de coronavirus era previsible

Esta vez, Johnson no puede alegar ignorancia. Esto no es un fracaso del asesoramiento científico. Desde abril, el mayor temor en la mente de todos era el invierno. Todos sabían que sería un desafío.

De hecho, ya el 3 de marzo, cuando el gobierno británico publicó su primera estrategia de pandemia, los expertos de Johnson advirtieron en sesiones informativas a los periodistas sobre los peligros de una oleada invernal, y que tal escenario debía ser evitado. En julio, la Academia de Ciencias Médicas británica publicó un informe en el que se señalaba que la amenaza de una crisis de invierno podría ser mayor que en primavera. Ese mismo mes, el director médico del gobierno, Chris Whitty, dijo al comité de salud del Parlamento que una oleada invernal era «una preocupación muy seria que miraba hacia adelante. A finales de septiembre, su colega Patrick Vallance, el asesor científico principal, advirtió que Gran Bretaña podría enfrentarse a 50.000 casos diarios a mediados de octubre, con más de 200 muertes diarias un mes más tarde. Aunque al país le llevó un poco más de tiempo llegar a estos sombríos hitos, ya se han superado con comodidad.

La coartada de Johnson ahora es que aprendió las lecciones de la primera ola, pero no tuvo suerte. Su argumento es que una nueva y mucho más contagiosa variante de la enfermedad surgió en Inglaterra este otoño, destruyendo la exitosa supresión del virus por parte del gobierno. La estrategia del gobierno, dijo, habría funcionado si no fuera por la nueva cepa. Y esto, al menos hasta cierto punto, es cierto. La evidencia sugiere que la nueva cepa es más contagiosa y podría ser en parte responsable del rápido aumento de casos en toda Gran Bretaña.

Pero, ¿los gobiernos no deben planificar para estos escenarios? Los gobiernos no pueden culpar del fracaso de sus políticas a los virus que no se comportan como se esperaba. ¿por qué no se tuvo en cuenta el escenario pesimista a la hora de planificar?

En cualquier caso, cuanto mayor sea la prevalencia del virus, más probable es que se produzcan mutaciones significativas. Al no suprimir el COVID-19 de forma más eficaz, Gran Bretaña estaba aumentando la posibilidad de que una mutación hiciera exactamente lo que hizo. No es ni siquiera la única variante en Gran Bretaña, otra ha sido importada de Sudáfrica, filtrándose a través de las fronteras del país con aparente facilidad.

El Gobierno de Johnson siempre actúa tarde frente al coronavirus

La realidad es que Johnson ha aprendido sólo algunas de las lecciones de sus fracasos en la primera ola. Ha demostrado ser notablemente más lento en tomar medidas para suprimir el virus que otros líderes, incluso comparado con los del propio Reino Unido. De hecho, la renuencia de Johnson a actuar y su optimismo de no tener que hacerlo en el futuro se han convertido en un patrón. Ya en marzo, predijo que el país podría «cambiar el rumbo» de la pandemia después de 12 semanas y «enviar el coronavirus a casa». En julio, afirmó que Gran Bretaña no necesitaría otro cierre nacional. Incluso cuando se vio obligado a imponer nuevas restricciones en octubre, se movió más lentamente que los líderes de Gales y Escocia y más lento de lo que exigía la oposición, pareciendo resistirse a nuevas restricciones hasta que no le quedaba otra opción. En fecha tan reciente como el domingo, dijo que no había ninguna duda en su mente de que las escuelas eran seguras, sólo para anunciar su cierre un día después.

Al final, Johnson intenta mantener un rumbo intermedio, gestionando la pandemia sin destruir la vida ordinaria y la economía pero las medidas resultantes pueden no haber logrado prevenir ni las muertes causadas por la enfermedad ni sus consecuencias sociales y económicas.

En otras palabras, Johnson trató de lograr dos victorias, pero no obtuvo ninguna de las dos. Ahora ha apostado su futuro político a las vacunas. Sin embargo, incluso si fueran eficaces y él mereciera algún crédito por respaldar el esfuerzo de vacunación con cantidades importantes de dinero del gobierno, no borrarán los fracasos de la respuesta a la pandemia de Gran Bretaña con una ingente cantidad de vidas perdidas y un batacazo económico al que sólo superan los políticos más inútiles en este tema (una pista; es el país que ocupa la mayoría de la Península Ibérica).

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