Si eres ese joven al que quemaron la moto unos vándalos que decían defender la libertad de expresión que representa Pablo Hasel, me imagino que todo esto te hará poca gracia.

Si has tenido que dedicar el poco beneficio que este mes te iba a dejar tu panadería a reponer los cristales que te rompieron quiénes dicen luchar por tu libertad, estarás hasta las narices del rapero y de la madre que lo parió.

Si estás pensando entre reparar el coche por qué cuatro tarados decidieron que tu medio de trabajo es un símbolo de la represión capitalista sobre la clase obrera o en ir a hacerte un implante para poder comer por el lado derecho sin que se te doble la cara de dolor, se comprende que te toque mucho las narices que Amnistía Internacional dedique su dinero a defender a ese personajillo.

A estas alturas de la película, para la mayoría de los ciudadanos de bien de este país, no deja de ser alucinante qué una organización como Amnistía Internacional se dedique a recoger firmas en defensa de un delincuente.

No vivimos en una dictadura, no vivimos en un país tercermundista. Pablo Hasel está condenado en firme reiteradamente por los tribunales por cometer delitos y como todos los delincuentes tienes que acabar en la cárcel.

A los ciudadanos, desgraciadamente solo nos queda el recurso al pataleo, excepto a aquellos que estén pagando una cuota mensual Amnistía Internacional. Si la siguen manteniendo seguirán pensando que lo hacen en defensa de la libertad pero seguramente todo eso cambiará cuando los cuatro gilipollas que andan alborotando por la noche en algunas ciudades le revienten los cristales del coche de su hermano. Ese día se va acordar de las cuotas que ha pagado. Por imbécil.

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