El gobierno de Estados Unidos fue genocida en las guerras contra los nativos americanos desde el año 1600 hasta el 1900, sostiene un nuevo libro.

Jeffrey Ostler lleva casi tres décadas investigando y enseñando los espinosos legados de la frontera estadounidense. Su conclusión: las guerras que el gobierno estadounidense libró contra los nativos americanos entre los años 1600 y 1900 difieren de manera fundamental de los demás conflictos contemporáneos de este país. «Contra las naciones y comunidades nativas», dice, «fue una guerra genocida».

Ostler, profesor de historia del noroeste y del Pacífico en la Universidad de Oregón, cree que en su descripción de los conflictos con los nativos americanos, los discursos políticos e históricos dominantes en Estados Unidos han ocultado a menudo esta distinción mortal.

Su nuevo libro, Surviving Genocide: Native Nations and the United States from the American Revolution to Bleeding Kansas (Yale University Press, 2019), es una revisión exhaustiva y sin concesiones de las pruebas. A partir de su amplio estudio de las historias tribales, Ostler concluye que las masacres evidenciaron un impulso conscientemente genocida.

La parte más importante del título de su libro, insiste Ostler, es la palabra «sobrevivir».

Basándose en una rigurosa atención al lenguaje de los tratados, los registros militares, los datos demográficos y las palabras reales de los participantes, Surviving Genocide documenta las intenciones asesinas que se escondían bajo la imagen idealizada de una joven nación americana.

«Para tener una ‘tierra de oportunidades’ se necesitaba espacio para expandirse», señala Ostler. «El sentido de la ‘libertad’ de los primeros estadounidenses dependía fundamentalmente de la toma de tierras de los nativos, lo que casi inevitablemente llevaría a la toma de vidas de los nativos».

Desde el principio, cree, los líderes estadounidenses comprendieron y adoptaron este sombrío cálculo. Sin embargo, ocultaron sus verdaderos objetivos con una serie de relatos autocomplacientes construidos en torno al ideal de «civilización». Al principio, ésta se presentaba como un precioso y necesario regalo que los colonizadores ofrecían a las poblaciones indígenas. Más tarde, la «defensa de la civilización» se invocaría como justificación para matarlos.

«Un tema importante de mi libro es algo que llamo ‘conciencia indígena del genocidio'», dice. «La oratoria de los líderes de la resistencia, como Tecumseh, muestra que reconocían que los blancos pretendían matarlos y robarles sus tierras».

En 1775, el jefe cherokee Tsi’yu-gunsini o «Canoa arrastrada» señaló:

«Naciones enteras de indios se han derretido como bolas de nieve al sol ante el avance del hombre blanco. Apenas dejan un nombre de nuestro pueblo, salvo los registrados erróneamente por sus destructores… Al no poder señalar ninguna otra retirada para los miserables tsalagi (cherokees), se proclamará la extinción de toda la raza».

Hablaba en oposición a un tratado que proponía a los cherokees vender 20 millones de acres de tierra natal, una gran parte de los actuales Kentucky y Tennessee. Esta tensión estalló con el inicio de las hostilidades por la independencia en julio de 1776; algunos líderes cherokees se pusieron del lado de los británicos y, en respuesta, EE.UU. encargó a miles de tropas coloniales «la extirpación total de la Nación Cherokee».

«Durante este conflicto y otros de las llamadas Guerras Indias, atacar a comunidades enteras de hombres, mujeres y niños nativos fue una política planificada por el gobierno y el ejército estadounidense», afirma Ostler.

El genocidio de los nativos americanos

Por supuesto, la intención de cometer un genocidio no es suficiente para asegurar sus resultados. Las naciones y comunidades nativas persistieron. Como los cherokees, algunos de los que fueron desplazados reclamaron nuevas tierras natales, sentando las bases de su perseverancia hasta nuestros días. Y a través de la lucha armada, la diplomacia, la fortaleza espiritual y la resistencia cultural, algunas tribus orientales superaron enormes obstáculos y conservaron partes de sus tierras ancestrales.

Los Potawatomi de Michigan, por ejemplo, ofrecen un ejemplo sorprendente de resistencia política, dice Ostler.

Residentes tradicionales de la región de los Grandes Lagos, la mayoría de los potawatomis fueron desplazados hacia el oeste tras el Tratado de Chicago de 1833. Pero Leopold Pokagon, líder de los conversos católicos de la tribu, obtuvo el apoyo de un juez del Tribunal Supremo de Michigan y negoció un acuerdo que permitía a su comunidad de unas 280 personas permanecer en sus tierras tradicionales. Más adelante en el siglo, otras bandas potawatomi regresaron a Michigan y establecieron comunidades. Con el tiempo, y a base de lucha, estos grupos también consiguieron tierras y el reconocimiento federal.

La parte más importante del título de su libro, insiste Ostler, es la palabra «sobrevivir».

El segundo volumen de Ostler abarcará regiones del continente al oeste del río Misisipi. No puede predecir cuándo lo terminará, pero señala que le hace especial ilusión el reto y la responsabilidad de indagar en la dolorosa historia del colonialismo cerca de casa, en el noroeste del Pacífico.

«Aquí, en el valle de Willamette, la Universidad de Oregón está en una tierra que fue arrebatada por la fuerza al pueblo kalapuya», señala. «Dondequiera que vivamos en Estados Unidos, creo que a cualquiera de nosotros nos conviene aprender la historia de los habitantes originales de la tierra, y reconocer los extremos de la violencia en nuestra propia historia llamándola como lo que fue: genocidio».

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