¿Por qué Putin ha cometido este error estratégico tan grande invadiendo Ucrania?

En tres semanas Vladimir Putin -un hombre recientemente descrito por Donald Trump como un «genio» estratégico- ha conseguido revitalizar la OTAN, unificar una Europa dividida, convertir al desconocido presidente de Ucrania en un héroe de talla mundial, arruinar la economía de Rusia y quedar marcado para siempre como un criminal de guerra.

¿Cómo ha calculado tan mal?

En general los dictadores suelen labrarse al principio de su mandato la imagen de hombre fuerte e inteligente, déspota racional y calculador que puede jugar a largo plazo porque no tiene que preocuparse por las encuestas o las próximas elecciones.

Sin embargo las dictaduras incuban dentro de sí el germen de su propia caída. Las estrategias que los dictadores utilizan para mantenerse en el poder tienden a provocar su desmoronamiento. En lugar de ser planificadores a largo plazo, muchos cometen errores catastróficos a corto plazo, el tipo de errores que probablemente se habrían evitado en sistemas democráticos. Sólo escuchan a los aduladores y reciben malos consejos. No entienden a su población. No ven venir las amenazas hasta que es demasiado tarde. Y, a diferencia de los líderes democráticos que abandonan su cargo para vivir una relajada y lujosa jubilación, los dictadores que calculan mal dejan su cargo en un ataúd, una posibilidad que les hace aún más propensos a doblar la apuesta.

La camarilla de aduladores

Los déspotas siembran las semillas de su propia desaparición desde el principio, cuando se enfrentan por primera vez a la disyuntiva de permitir la libertad de expresión y mantener un control férreo del poder. Después de llegar al palacio, aplastar la disidencia y encarcelar a los opositores suele ser racional, desde la perspectiva de un dictador: crea una cultura del miedo que resulta útil para establecer y mantener el control.

Como resultado, a los déspotas rara vez se les dice que sus planes son estúpidos. Ofrecer una crítica sincera puede acabar con la carrera, o a veces con la propia vida, y la mayoría de los asesores evitan hacerlo. Así que, con el tiempo, los asesores que permanecen suelen ser hombres que actúan como meros aduladores, asintiendo cuando el déspota esboza algún plan descabellado.

Mucha gente alrededor de Putin participaban en esa dinámica, y por eso estaban dispuestos a repetir como loros la extravagante afirmación de Putin de que el presidente judío de Ucrania, Volodymyr Zelensky, está presidiendo un estado «neonazi».

La desconexión con el pueblo llano

Pero para mantenerse en el poder, los déspotas tienen que preocuparse de algo más que de sus asesores y compinches. También tienen que ganarse o intimidar a su población. Por eso los dictadores invierten en medios de comunicación patrocinados por el Estado. En Rusia, el Estado llega a presentar falsos candidatos presidenciales que fingen oponerse a Putin en unas elecciones amañadas.

De la misma manera, ese mecanismo de control tiene un coste. Algunos ciudadanos con el cerebro lavado por la propaganda apoyarán una guerra que seguramente será contraproducente. Puede que incluso se manifiesten con un increíble fervor patriótico ante la mirada complaciente de su líder. Otros, seguramente la mayoría, se oponen en privado al régimen, pero tendrán demasiado miedo para decirlo en público. Eso significa que los déspotas como Putin son incapaces de entender con precisión las actitudes de su propio pueblo.

Si se vive en un mundo falso el tiempo suficiente, puede empezar a parecer real. Los dictadores y los déspotas empiezan a creerse sus propias mentiras, que les repiten y propagan los medios de comunicación controlados por el Estado. Eso podría ayudar a explicar por qué los recientes discursos de Putin se han calificado como desvaríos. Es ciertamente posible que su mente haya sucumbido a su propia propaganda, creando una visión del mundo deformada en la que la invasión de Ucrania fue, como dijo Trump, un movimiento increíblemente «inteligente».

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