Si te dieran unos segundos para nombrar a una criatura marina con la que no querrías toparte durante un baño en la playa, es muy probable que dijeses «un tiburón» y, afinando un poco, «un tiburón blanco». Es una buena respuesta y, aunque los ataques de tiburones blancos son relativamente raros, es difícil no ver la sonrisa intimidante de uno de ellos como algo más que una amenaza.

Con ese tipo de reputación se podría pensar que los tiburones blancos tienen muy poco que temer en el mar. Son depredadores que han existido durante millones de años, perfeccionando sus habilidades para convertirse en los asesinos definitivos del océano. Pero resulta que incluso los tiburones tienen algo que temer y una nueva investigación revela la única cosa que infunde miedo en el corazón de un tiburón blanco: las orcas.

La investigación, que se llevó a cabo con la ayuda del Acuario de la Bahía de Monterrey, estudió de cerca los hábitos de los tiburones blancos, las orcas y las focas durante un periodo de 27 años. El equipo monitoreó los movimientos de las poblaciones silvestres de cada especie y tomó nota de los casos de interacción y rápidamente se hizo evidente que los tiburones no tienen interés en competir con las orcas por el alimento.

De hecho, los tiburones blancos rastreados por los científicos no sólo abandonaron las áreas donde las orcas estaban presentes, sino que ni siquiera volvieron durante un año, presumiblemente para evitar cualquier posibilidad de confrontación con la especie a la que más temen. Seguramente tendrán un mal recuerdo de alguno de esos encuentros y hasta es posible que se vean como una presa para las orcas.

«Cuando se enfrentan a las orcas, los tiburones blancos abandonan inmediatamente su coto de caza preferido y no regresan hasta el año siguiente, aunque las orcas sólo estén de paso», dijo en un comunicado el Dr. Salvador Jorgensen, del Acuario de la Bahía de Monterrey, autor principal del estudio.

El seguimiento de los animales se realizó mediante radiotransmisores, lo que permitió a los científicos trazar sus movimientos durante largos períodos de tiempo y determinar cuándo y dónde se encontraron.

«Creo que esto demuestra que las cadenas alimentarias no siempre son lineales», explica Jorgensen. «Las llamadas interacciones laterales entre depredadores superiores son bastante conocidas en tierra, pero son mucho más difíciles de documentar en el océano. Y debido a que esto sucede con tan poca frecuencia, puede que nos lleve un poco más de tiempo entender completamente la dinámica».

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