Las pulseras de actividad eran antes poco más que podómetros con esteroides, pero a medida que la tecnología de los dispositivos portátiles ha avanzado a pasos agigantados, podemos saberlo todo, desde nuestro ritmo cardíaco hasta nuestro VO2 máximo, directamente en nuestros teléfonos inteligentes a través de los sensores incorporados en nuestros relojes y bandas.

Es una cantidad increíble de datos de salud que se rastrean en segundo plano sin que siquiera pensemos en ello, pero ¿qué pasaría si tuviéramos aún más? Si pudiéramos rastrear una montaña de datos de salud sin tener que cargar nada durante la noche ¿la gente lo adoptaría o se extrañaría de ello? Esa es una pregunta que los investigadores de la Universidad de Columbia pronto tendrán que resolver mientras trabajan en sensores inyectables que tienen el potencial de advertir de problemas de salud antes de que se conviertan en un problema real.

El avance consiste en reducir la tecnología al máximo, y puede que no pase mucho tiempo -relativamente- antes de que este tipo de chips diminutos estén disponibles para su uso. La verdadera pregunta es si alguien se sentirá cómodo usándolos.

El trabajo ha sido posible gracias a una colaboración entre la Escuela de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Universidad de Columbia y la Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC). Esta empresa es una de las más respetadas a la hora de fabricar chips para dispositivos móviles, incluidos los que impulsan muchos de los productos de Apple. Saben lo que hacen, y esa experiencia resultó muy útil, sobre todo porque el objetivo era crear un chip capaz de interactuar mediante ultrasonidos y, al mismo tiempo, ser lo suficientemente pequeño como para poder inyectarlo sin demasiadas molestias.

Todavía son los primeros días de la electrónica inyectable y para el estudio el diminuto chip demostró ser capaz de transmitir información sobre la temperatura corporal pero no mucho más. Sin embargo, se trata más de una elección de diseño que de una limitación tecnológica y los investigadores afirman que hay muchas otras cosas que un sistema como éste podría vigilar.

Todos hemos oído las teorías conspiranoicas más disparatadas sobre empresas o gobiernos que nos rastrean a través de sensores o chips inyectables. Algunos incluso afirman que el lanzamiento de la vacuna contra el coronavirus era un plan para inyectar chips microscópicos en el cuerpo de las personas. Esas afirmaciones son absurdas y fáciles de desmentir pero la inyección de chips en el cuerpo de las personas (por motivos de salud, en lugar de rastrear cada uno de sus movimientos) está en el horizonte. En ese momento será aún más difícil separar las afirmaciones extravagantes de la realidad.

Será interesante ver cómo crece y evoluciona esta tecnología con el paso del tiempo y si puede proporcionar beneficios serios para la salud en forma de prevención de enfermedades (o algo más). A menos que los científicos puedan argumentar bien por qué debemos inyectar chips como éstos en nuestros cuerpos, el miedo a la tecnología puede ganar.

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