El síndrome del impostor: cuando las dudas sobre uno mismo acaban destruyendo a las personas

  • Las personas que se subestiman sistemáticamente a sí mismas y a su propio rendimiento sufren el llamado Síndrome del Impostor. Piensan que cualquier éxito se debe a circunstancias externas o simplemente a la suerte. Esas personas viven con el temor constante de que su «engaño» quede al descubierto.

Psicólogos de la Universidad Martin Luther de Halle-Wittenberg (MLU) han demostrado por primera vez en un nuevo estudio publicado en «Personality and Individual Differences» que, incluso en condiciones reales, el fenómeno aparece independientemente de la edad, el sexo y la inteligencia de los sujetos. Hasta ahora sólo se había investigado a partir de encuestas o casos individuales.

Kay Brauer, del Instituto de Psicología de la MLU explica que es habitual que las personas se cuestionen sus capacidades de vez en cuando: «Una buena dosis de reflexión y autoanálisis puede proteger a una persona de actuar de forma precipitada». Sin embargo, hay personas que están permanentemente atormentadas por una enorme cantidad de dudas sobre sí mismas a pesar de tener un buen rendimiento, como sacar buenas notas o recibir comentarios positivos en el trabajo. «Piensan que todos sus éxitos no son producto de su habilidad o del trabajo duro, sino que atribuyen sus éxitos a circunstancias externas, por ejemplo a haber tenido suerte; otras veces creen que su rendimiento es masivamente sobrevalorado por los demás. Los fracasos, por el contrario, siempre se interiorizan, como resultado de sus propias carencias». Estas son las personas que sufren el llamado Síndrome del Impostor.

Baue explica que este rasgo de la personalidad sólo se ha investigado hasta ahora en los llamados estudios de decisión basados en viñetas en los que los sujetos participantes se enfrentan a preguntas y deben responder eligiendo entre las opciones disponibles; es decir, se trata de un esquema cerrado previo al propio experimento. «Estos estudios determinan hasta qué punto los participantes están de acuerdo con diversas afirmaciones teóricas, como que les cuesta aceptar los elogios o que tienen miedo de no poder repetir lo que han conseguido». Los psicólogos de Halle, en cambio, examinaron el tema por primera vez en un entorno más realista. Setenta y seis participantes completaron una serie de pruebas de inteligencia y, tras asignarles puntuaciones buenísimas a todos, se hicieron comentarios positivos sobre ellas, independientemente del rendimiento real. Luego se les preguntó por qué creían que lo habían hecho tan bien.

El estudio llegó a dos conclusiones:

  1. En primer lugar, el grado de Síndrome del Impostor autodeclarado no está relacionado con la inteligencia o el rendimiento real medido.Tampoco se ha podido encontrar en los resultados ninguna vinculación con la edad y el sexo.
  2. En segundo lugar, la prueba apoyó la hipótesis de que las personas con tendencia al Síndrome del Impostor miden siempre a la baja su rendimiento y atribuyen los resultados positivos a causas externas como la suerte y el azar, pero no a sus propias capacidades.

La subestimación permanente de las propias capacidades suele ir acompañada del miedo a que este supuesto fraude quede al descubierto tarde o temprano y a tener que pagar un precio por ello. El Síndrome del Impostor fue descrito por primera vez en 1978 por las psicólogas estadounidenses Pauline Clance y Suzanne Imes. Observaron que hay un número especialmente elevado de mujeres con éxito que no se creen muy inteligentes.

Accesoriamente Bauer explica que «el Síndrome del Impostor no se define como una enfermedad mental. Sin embargo, las personas que lo padecen muestran una mayor susceptibilidad a la depresión» y espera que el nuevo estudio allane el camino para posibles intervenciones. Los programas de formación personalizados, por ejemplo, podrían ayudar a mejorar la autoestima, la satisfacción laboral y el bienestar de los afectados.

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