Los cargadores públicos son, a priori un servicio excelente que nos permite salir de un apuro en caso de necesitar el teléfono para hacer una última llamada o enviar el último email, ese que siempre es el más necesario.

Sin embargo, la fusión entre el puerto de carga y el de datos en los smartphones modernos puede tener consecuencias negativas para la integridad de tus comunicaciones y de tu privacidad al completo: una inocente carga en un restaurante en el extranjero podría convertir tu teléfono en un zombi al servicio de quién sabe qué oscuros intereses.

Además, en ciertos países son muchos (demasiados, en realidad) los organismos de la Administración interesados en saber para qué visitas el país y de qué información dispones.

Es verdad que la carga por el puerto USB nos hizo olvidar aquello de «¿Quién tiene un cargador Nokia con clavija fina?» pero en la vida no hay cambio o ventaja sin sus  inconvenientes.

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