La presentación del libro tendrá lugar el miércoles 13 de marzo a las 7:30 de la tarde en la librería Luces (Alameda Principal, 16, Málaga) organizada por la propia librería y E.D.A. Libros. Además de la autora intervendrán el responsable de la editorial y la escritora Aurora Luque.

El libro Al sur de la nada está formado por tres historias diferentes. Tres relatos protagonizados por mujeres distintas; las tres, sin embargo, repasan sus vidas ante la cercanía de la muerte. En el relato que da nombre al volumen, Herminia Luque ha imaginado los posibles sentimientos de una joven (Anica en la ficción) seducida por un escritor (Gerald Brenan quizá) del que queda embarazada. En el segundo relato, Un féretro naranja, una antigua reina de la belleza (Amparo Muñoz) encara con lucidez la recta final de su enfermedad. Y en el tercero, La cabra, una anciana Virginia Woolf escribe sus memorias, incluido el episodio de un intento de suicidio al que sobrevivió milagrosamente. Aunque radicalmente distintas, entre las vidas de estas mujeres se crearán sutiles pasadizos, casi invisibles pero reales como las materias de sus vidas.

La cabra. Un bonito mote familiar. No sabe cuál de sus hermanos lo inventó. Un juego de niños, podría pensarse, pero no. La sabiduría de los niños es infinita; saben encerrar el mundo en una palabra y utilizar el mundo como arma arrojadiza. La cabra, sí. Ya se sabía que estaba como una cabra (¿a qué edad? ¿Diez, doce años?). La señorita que servía el té vestida de muselina era una auténtica cabra. No se le veían las pezuñas mientras manejaba la plata; tampoco sobresalía pelaje alguno por el escote ni escondía debajo monstruosas bolsas pellejudas, esos sucios sacos mamarios que poseen las cabras. Por eso, porque ocultaba con gran habilidad esas horrendas características, se toleraba su presencia; no, mejor dicho: se solicitaba su presencia. Su padre podía irritarse si ella no estaba allí, irritarse más aún que en las sesiones de los miércoles, cuando le presentaban las cuentas y enrojecía de furor gritando, inmisericorde, que eso era un despilfarro, que ignoraban lo que era ganar siquiera un chelín, que la ruina los esperaba a la vuelta de la esquina si seguían con ese tren de gastos…Y allí estaban las dos hermanas, que para eso estaban, pobres niñas huérfanas de madre, recibiendo reprimendas o administrando sándwiches de pepino, tanto da; el té fluía, las palabras fluían, ellas sólo eran parte de ese flujo, no las responsables, las creadoras del mismo. Estaban colocadas allí, en el altar doméstico, del mismo modo que los católicos colocan a sus imágenes en siniestros nichos en los templos, rodeadas de flores, de velas, de oscuridad, de oscurantismo e ignorancia que chorrean por todas partes, más pegajosos que la cera, más difíciles de quitar que ella.

La cabra

Herminia Luque

herminia luque al sur de la nada

Las hambres los trajeron. Digo los pecados. Hablo de pecados como cosas de comer cuando, en el principio, los pecados vinieron de la mano de las hambres. Del no tener qué llevarse a la boca un día sí y otro también. Si yo no hubiera tenido hambre, si mi familia hubiera tenido pan para comer todos los días, no hubieran rodado las cosas como rodaron. Por el fango de los pecados y de la desgracia también.

Yo, de chica, no me daba cuenta. Me mandaban a guardar la cabra y, en cuanto ataba el ronzal a un matojo, me ponía a buscar vinagreras o moras o castañas, si era el tiempo. Hasta me comía, cuando no había otra cosa, las campanicas, esas flores color rosa que, al arrancarlas, tienen una parte blanquiñosa y dulcecilla, no mala del todo. No me percataba de que eso era fruto de las hambres, de que no me daban ni un cuscurro de pan cuando me levantaba. Sólo había un puchero de cena. O una sartenada de migas sin engañifa, sin una miserable hebra de bacalao o un cacho de longaniza que las acompañaran. O cuatro papas puestas en caldo del que nos sorbíamos hasta las gotas que se nos quedaban en los bigotillos. Y así hasta el día siguiente. Porque rara vez había algo caliente para comer, un gazpacho si era verano o una laja de tocino con algo de pan (una hogaza para siete bocas) para engañar el hambre, y un puñado de almendras o de higos secos por los que nos peleábamos como marranillos por la teta.

Al sur de la nada

Herminia Luque

 

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