Los profesionales de la salud dicen que evitar tocarte la cara es una protección buenísima contra el COVID-19, pero es mucho más fácil decirlo que hacerlo.

Ya sea por rascarnos un picorcillo o descansando la barbilla en las manos, el brote de coronavirus ha hecho que muchos de nosotros seamos conscientes de la necesidad de tocarnos la cara, y lo hacemos mucho. Un estudio de 2015 en el American Journal of Infection Control observó que un grupo de estudiantes de medicina se tocaba la cara una media de 23 veces por hora.

«Es una acto que hacemos constantemente y en la que ni siquiera pensamos», dice Cynthia Weston, profesora adjunta de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Texas A&M. «Sientes que tienes el pelo en los ojos, así que vas a apartarlo, o te sientes cansado y te frotas los ojos, o te pica la nariz».

Las infecciones contagiosas como el coronavirus se propagan a través de gotitas que se proyectan cuando una persona tose, estornuda o se ríe. Esos organismos caen sobre las superficies cerca de la persona infectada y la siguiente persona que toca la superficie, como el botón de un ascensor, el pomo de una puerta o el teclado, recibe el virus en sus manos.

Por eso los funcionarios de salud, incluidos los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, recomiendan que las personas se laven las manos con frecuencia y eviten tocarse la cara. Tocar las membranas mucosas faciales -la nariz, los ojos y la boca- le ofrece al virus una fuente de entrada, dice Weston.

Es una forma sencilla de protegerse de la infección, pero el consejo puede ser difícil de seguir. Entonces, ¿cómo se rompe un hábito que tal vez ni siquiera se tiene  conscientemente?

Conocer los desencadenantes de los toques en la cara

Brian Anderson, un profesor asistente en el departamento de ciencias psicológicas y del cerebro, es un experto en hábitos, específicamente en cómo la gente aprende a asociar objetos con resultados que son buenos o malos y cómo eso influye en el comportamiento.

El fenómeno que estudia es un hábito no consciente en el sistema oculomotor, algo en lo que la gente no necesariamente piensa hasta que mira un objeto.

Hay un hilo común entre lo que estudia y los hábitos que la gente no conoce, como el tocar la cara, dice. La clave es entender que no es algo que ocurre al azar.

«Al tocarte la cara, tiendes a hacerlo cuando estás en ciertas situaciones o te sientes de cierta manera», dice Anderson. «Así que si te sientes aburrido, si te sientes muy empático en el contexto de una conversación, puedes inclinarte hacia adelante y poner tu mano en tu barbilla. El primer paso para alguien que trata de superar un hábito es elevar su conciencia.»

Para empezar, la gente debe tratar de identificar los tipos de situaciones o experiencias que les motivan a tocarse la cara. Habrá variaciones día a día, pero el impulso será mucho más fuerte bajo ciertas circunstancias. La gente se frota los ojos cuando está cansada, por ejemplo, o descansa la barbilla en sus manos durante las reuniones o conferencias.

La gente tiene que apreciar que siempre serán criaturas impulsadas por el hábito, dice Anderson, y sólo proponérselo no será suficiente para dejar el hábito.

«Eso tiene alguna utilidad a corto plazo, pero en última instancia no va a ser una solución a largo plazo», dice Anderson. «Ensayando conscientemente, ‘OK, no lo hagas’, estás pensando activamente en ello y monitoreando tu comportamiento. Eso sólo funciona cuando dedicas recursos mentales a hacerlo, y eso no ocurrirá la mayoría de las veces.»

Cambie sus hábitos y sea paciente

Si sabes cuáles son tus desencadenantes, puedes controlar más activamente el hábito. Es un primer paso importante, pero si la gente realmente quiere frenar los toques de cara, necesita desarrollar nuevos hábitos para motivarse cuando se encuentre luchando contra las ganas, dice Anderson.

«Para que sea más llevadero, ese nuevo hábito debe ser algo similar, pero más seguro», dice. «Si tienes tendencia a frotarte los ojos, tal vez deberías llevarte un pañuelo limpio y sacarlo para frotarte los ojos, y luego limpiarlo al final del día».

La gente también puede apoyar los lados de su cabeza contra sus dedos en lugar de apoyar la barbilla en sus manos. Sus manos seguirían en contacto cercano, pero no estarían cerca de una membrana mucosa.

«Puedes volver a entrenar nuevos hábitos, y si quieres hacer tu vida lo más fácil posible, intenta que esos nuevos hábitos sean al menos similares a tus viejos hábitos para que puedan seguir cumpliendo el mismo impulso básico», dice Anderson.

Sin embargo, no esperes que un nuevo hábito se convierta en automático en un futuro inmediato. Siendo realistas, podría tomar de semanas a más de un mes. Los hábitos se vuelven más fuertes y más arraigados cuanta más gente se involucra con ellos. El impulso reciente ayudará, pero la gente todavía tendrá que superar una arraigada costumbre de tocarse la cara miles de veces a lo largo de sus vidas.

«Necesitas acumular mucha experiencia para que sea automático», dice. «Probablemente cientos de veces cada día. Dentro de dos o tres semanas, con suerte empezarás a ejecutar con naturalidad tu nuevo hábito. No va a ser totalmente automático, pero dentro de unas semanas seguramente sí será un poco más fácil.»

Hasta entonces, Weston suplica a la gente a practicar una buena higiene de manos y a limpiar constantemente las superficies compartidas.

«Lavarse las manos suena tan simple que cuesta creer que sea la mejor manera de prevenir la propagación de cualquiera de estas infecciones», dice.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here