La prueba más evidente de lo aburridas que son las cintas de correr que hay en los gimnasios (algunos masoquistas las tienen en su casa) es que este hombre se ha dado cuenta de que se pueden hacer muchas cosas distintas al simple trote y que sí le dan sentido a la máquina.

Total si quieres correr, te vas a la calle o a un parque cercano y puedes volver sudando a mares pero para hacer estas filigranas no sirve cualqueir acera, es necesaria una de estas máquinas.

Otro detalle curioso: el protagonista no deja de mirar al compañero de gimnasio que está haciendo un uso convencional de la máquina y que, además, se resiste con una dignidad propia de mejor empeño a mirar a nuestro artista. ¿O es que no es artista sino simple exhibicionista?

 

cinta correr

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