Las dificultades que está atravesando Twitter para conseguir compradores ha supuesto un aldabonazo para la comunidad empresarial-tecnológica.

En los últimos veinte años viene ocurriendo una revolución puntocom en la que aparecen negocios nuevos relacionados con Internet que no sólo llegan a convertirse en las empresas de más capitalización bursátil del planeta Tierra (Apple Inc.) sino que llegan a cambiar el modo en que vivimos y nos socializamos (Facebook y Whatsapp). Detrás de todo ese movimiento tecnológico hay ingentes cantidades de dinero que pasa de unas manos a otras en base a factores cuya comprensión es totalmente ajena al común de los mortales.

Los telediarios han estado llenos durante estas dos décadas de noticias sobre compras multimillonarias y salidas a bolsa espectaculares mediante las que unos jóvenes con vaqueros y camisetas de manga corta se hacían ricos para el resto de sus vidas, las vidas de sus hijos y las vidas de sus nietos.

Detrás de todos esos movimientos ingentes de capital había una fuerte base de negocio y una inmensa acumulación de factores especulativos.

El negocio lo han manejado las que ahora son las grandes compañías tecnológicas globales: Apple vale muchísimo en bolsa porque todos los años vende más de setenta millones de sus carísimos teléfonos y un sinfín de ordenadores, tabletas y otros dispositivos. Google y Facebook se han convertido en los gigantes de la publicidad de este siglo gracias a la información que sus usuarios comparten inconscientemente con ellos sobre sus gustos, necesidades y proyectos. Si facturan docenas de miles de millones de dólares cada mes, es lógico que el valor de las compañías en bolsa alcance valores mareantes.

Incluso a mucha menor escala ha habido empress que han sabido crear un modelo de negocio o trasladar al mundo online modelos de negocio tradicionales y conseguir notables ingresos. Por ejemplo, compañías de anuncios clasificados o sitios web para jugar lotería online, consiguen ingresos aceptables que les proporcionan beneficios años tras año. No son megacorporaciones que vayan a revolucionar nuestra vida cotidiana pero son un negocio como siempre se ha entendido: vender un producto o servicio y gastar menos de lo que ingresas (eso tan demodé que se llamaba «beneficio»).

Burbuja

En el otro extremo, la palabra especular adquiere en este caso todo su sentido: se trata de hacer afirmaciones sin una base fáctica en que apoyarse. Muchas empresas se han comprado y vendido en base a factores vaporosos y sobre esas valoraciones increíbles, los inversores han apostado (en el más puro sentido de la palabra) cientos y miles de millones de euros.

Una de los mantras más repetidos en este universo inversor consistía en afirmar sin pudor que lo importante es conseguir usuarios y que, al final siempre aparecería un modelo de negocio que recompensaría a los inversores que habían acudido a las sucesivas rondas de financiación. Eso explica que muchas empresas que no han vendido una peseta se conviertan en unicornios (empresas tecnológicas con más de cien -o mil según las versiones- millones de valoración). Se supone que esa empresa que era muy popular algún día produciría millones explotando de algún modo a su base de usuarios.

Twitter ha venido a romper ese paradigma: se puede ser una empersa ultrapopular, tener una base de cientos de millones de usuarios activos y generar pérdidas. En los family offices, en las empresas de capital riesgo, en las aceleradoras, en los despachos de los business angels y en todos los mesas en las que se mueve el dinero, ha empezado a circular una pregunta ¿y si fuera verdad que para hacer negocios hay que ganar dinero?

¡Uyyyy… qué miedo!

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