No sabemos a ciencia cierta si lo peor ya ha pasado en la pandemia COVID-19 pero las lecciones aprendidas han sido muchas y quienes no las estén aplicando ya, se exponen a ser arrollados por la feroz competencia que se prevé en los mercados menguantes que veremos en los próximos meses.

La pandemia, como un efecto secundario, agiliza el proceso de transformación de la industria, abre oportunidades para la adopción de la tecnología y requiere una adaptación a las nuevas necesidades de los consumidores

El mazazo de la pandemia ha sido especialmente duro para la industria, uno de los sectores más afectados por las medidas de confinamiento. La industria, que ya había emprendido su particular transformación -hacia modelos más sostenibles y basados en la tecnología-, comprueba cómo el nuevo escenario acelera los cambios y redobla la apuesta por la innovación.

Aunque la evolución de la manufactura ya se había convertido en un proceso imparable, el Covid-19 va a acelerar esa transformación: lo que iba a pasar en diez años ahora va a suceder en tres o en cinco porque las empresas tenemos que adaptarnos a las nuevas necesidades. En esta aceleración del proceso, la innovación es un elemento clave como motor de transformación, nuevas soluciones y competitividad.

Durante los últimos meses, a excepción de la industria agroalimentaria y la de productos de limpieza, ha experimentado una de las peores situaciones de su historia con un desplome inédito de las ventas. Es algo que nunca se había vivido antes; ahora, la reactivación es un reto y la innovación desempeñará un rol protagonista. La Covid-19 es una oportunidad para acelerar proyectos que estaban pendientes de tecnología madura, trayendo la innovación desde el futuro hasta el presente.

Lo positivo es que la tecnología y la digitalización serán herramientas clave para la reconstrucción de la economía. No se trata de soluciones mágicas que inmediatamente provocarán un ¡Oh, Dios mio! entre los que las conozcan, sino de la aplicación intensiva de herramientas tecnológicas existentes que permitan a las empresas, además de aumentar su productividad, hacerse más flexibles y emplear de manera más eficiente su fuerza laboral.

Son muchas las empresas manufactureras que tenían pendientes la revisión de sus procesos para la introducción de máquinas-herramienta (cintas transportadoras, robots de soldadura, robots de almacén, etc.) no solo para ganar en productividad, sino para poder, en un momento dado, parar toda o parte de la maquinaria (o controlarla remotamente durante un confinamiento) sin necesidad de parar todo el resto de la empresa.

Los procesos de gestión se verán igualmente afectados y los métodos que hasta ahora han servido para gestionar la producción se verán desplazados por sistemas integrados de gestión que permitirán controlar de un vistazo desde el estado de nuestro pedido de materia prima y la fecha de recepción prevista hasta las facturas pendientes de pago de los clientes, pasando por el nivel de subproducto generado o su posible amortización o los niveles de existencias en los distintos distribuidores. De este modo se aplicará algo que podríamos llamar inteligencia corporativa (en ningún caso inteligencia artificial, por muy de moda que esté) en la toma de decisiones. De este modo, conociendo que un proveedor no puede atender nuestro pedido por estar en una zona confinada, podremos organizar con antelación las jornadas de trabajo, u orientar el esfuerzo de nuestros comerciales hacia productos que sí podremos servir.

Quienes, por el contrario, piensen que todo esto no ha sido más que un simple tropiezo y que todo volverá a ser igual dentro de unos meses, se darán de bruces con el mercado, cuando el mercado golpea, golpea fuerte; mejor estar preparados.

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